Dulceida y el nuevo paradigma del éxito

Dulceida lo petó hace una semana en el Arenal Sound. Sin embargo no parece hacer nada de manera brillante. Simplemente es popular. Es conocida. Reconoce y se jacta de su escasa formación y aún así es seguida por miles de personas que la hacen rica con sus likes. Dulceida no es demasiado lista ni demasiado guapa, no tiene ninguna habilidad especial, no destaca por nada. ¿O quizá sí? 


En la antigüedad para tener éxito había que tener alguna habilidad especial y que esa habilidad fuese socialmente reconocida. Del equilibrio de esos dos vectores surgía la popularidad. Si tenías una habilidad especial poco reconocida tenías un éxito parcial o segmentado. Si tenías una habilidad especial muy reconocida como jugar al fútbol o hacer cine entonces tu éxito era total.

La pregunta actual sería si ha cambiado el paradigma, es decir, si Dulceida hace algo especial y qué es eso que hace tan bien. En mercados emergentes aquel que llega cuando el mercado es poco visible y se sitúa bien en la pole position suele copar gran parte del mercado cuando éste emerge. No hay más que mirar las nuevas start ups como Airbnb. El nuevo habitat tecnológico vive ya regulado por un "the winner takes it all" o como mínimo casi todo.

Enlacemos. Por un lado la prensa de la intimidad personal (prensa rosa) derivó de las personas de éxito a los parásitos del éxito. El foco se giró hacia aquellas personas que ocupando espacios cercanos al éxito resultaban más rentables en función del producto periodístico. Conseguir una entrevista de alguien exitoso socialmente es más caro porque tienen una base económica que les sustenta. Pero conseguir una entrevista de alguien que no tiene ninguna habilidad especial salvo haberse situado en la órbita de alguien exitoso era más fácil. Y sobre todo más barato.

Después vinieron los realities que se convirtieron en una fábrica de famosos low cost. Se les atribuía notoriedad para luego explotarlos examinando sus vidas privadas. Ese el giro determinante. Fue la primera vez en que en la transacción intimidad por dinero no había ninguna otra incógnita. La transacción era pura intimidad a cambio de dinero. Sin más.

Entonces aparecieron las redes sociales. Los blogs suponían que uno tuviera su propio periódico pero las nuevas redes como Instagram, Youtube, Facebook o Twitter suponen que cada uno tenga su propia televisión en el que informar de sus noticias. El mundo entra en la época big data. Los datos son el nuevo petróleo y la intimidad es el nuevo negocio. La relación es bidireccional. Las empresas quieren más datos y más íntimos. Los usuarios quieren personajes más reales y quieren información más íntima.

Dulceida y otros personajes como el Rubius son los primeros en llegar al mercado de la nueva intimidad. Usuarios followers deseosos de comprobar cómo son las vidas de los demás en un ultrareality eterno. Un mercado entero virgen. Un mercado de zombies seguidores que necesitan un faro a quien seguir, alguien a quien parecerse. Esa es su habilidad especial: aceptar una exposición voluntaria y plena, mostrarse en toda su vida, exhibirse, enseñarse... vivir en un escaparate cuando poca gente se atrevía a hacerlo. Nadie necesita ya un reality televisivo. Los mediadores han muerto o están agonizando. Cualquiera puede tener su propio reality: su propia vida.

Lo fundamental en cualquier propuesta de marqueting es acertar el target para tu producto. Cuanto más amplio es tu público objetivo más posibilidades tienes de triunfar. Hay que acertar el tiro en la campana de Gauss. Y esa es su otra gran habilidad especial: acertar con el centro de la campana. Dulceida es su propio producto, su vida es su gran reality. Y acierta justo en el centro porque es el mejor subproducto de la propia campana. Ella es el centro de la nueva campana social que emerge. Cualquiera podria ser Dulceida, pero solo ella lo es.

La tercera gran habilidad de los nuevos influencers es el aspiracionismo de caricia. Parece fácil. Las herramientas parecen gratuitas: las redes sociales. No tienen costes económicos. Se trata de ofrecer un producto aspiracionista. Se trata de ofrecer aquello que cualquiera querría ser en la sociedad de la opulencia aparente. Se trata de interpretar la partitura del CIS. Quizá algo de frivolidad, mucho hedonismo. Ya no se trata de vender tu alma al diablo sino de hacerte un selfie con él para conseguir más seguidores y luego amortizarlos. No es fácil. Bajo la aparente ausencia de costes nacen los costes de la popularidad aunque los beneficios son mucho más altos. Al fin y al cabo una generación narcisista solamente puede vivir en un laberinto de espejos donde mirar a los demás no sea más que mirarse a uno mismo en su reflejo. Es puro aspiracionismo. Cualquier puede ser Dulceida o el Rubius y miles de refugiados de la guerra del postureo acuden en masa a intentarlo. Y mientras lo intentan alimentan el monstruo de la mediocridad más visible de la historia. Cualquiera puede aspirar a ser Dulceida pero solamente ella puede serlo. Ídolos gratis. Mitos al alcance de la mano. No saben hacer nada especial pero quieres ser como ellos precisamente por eso: porque no hacen nada. Su sacrificio es el sometimiento a la crítica constante, la vigilancia permanente en la que se sitúan, el nuevo Show de Truman orquestado por uno mismo. Miradme y compradme.


Antiguamente era necesario tener una faceta brillante, de manera innata o tras mucho esfuerzo, sacrificio y formación. Ya no. Ahora es mejor ser cualquiera porque cualquiera podrá identificarse contigo. No hagas nada especial salvo no hacer nada especial. Sigue los pasos de la corriente más neutra. Sé normal. Todo el mundo quiere ser normal. Es muy rentable. 

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