Neymar y el nuevo fútbol líquido

De la Ley Bosman a la ley Bauman solamente ha habido una parada del metro de la historia. El fútbol es víctima de su época y el fútbol moderno no es más que el fútbol líquido de la modernidad líquida. El traspaso de Neymar es el mejor ejemplo de filosofía aplicada al fútbol. 



Los componentes del caso Neymar son las columnas de la modernidad líquida de Bauman. La fractura de cualquier tipo de compromiso mutuo frente al individualismo extremo. Abismos entrelazados que separan incluso nuestras pasiones y nos aíslan en la experiencia de la vida.

Neymar sabe que nunca brillará por encima de Messi. Y su ego es mucho más grande que su lealtad y compromiso. Neymar quiere vivir en el ático de su propio estadio y mirar a los demás desde la terraza. Es un niño caprichoso que quiere jugar a ser el mejor de su calle. Pero su calle es el mundo. Su ego ya no se satisface con dinero sino con sacrificios humanos como cualquier dios requiere. Necesita la voz de la gente diciendo su nombre, quiere portadas de periódicos, quiere miradas de admiración. Así se alimenta un dios del fútbol líquido. Narciso se ve más guapo en el rio Sena y acude a él seducido por sí mismo.

El nuevo fútbol líquido se entierra bajo montañas de billetes. Los países compran sus prestigios en las ligas nacionales. Nuevas audiencias, nuevos escenarios para la superproducción llena de efectos especiales que es el fútbol moderno. Francia comparte una estrella en la nueva economía colaborativa del despilfarro. Qatar da un golpe encima de la mesa de la partida de poker en la que se ha convertido el planeta. Nos recuerda que el dinero sigue siendo su dueño. Otro ego que alimentar con la prepotencia que da el petróleo y los billetes gratis. Comprar un mundial o comprar un mito. Lo importante es comprar. Jeques y desiertos que juegan al monopoly de nuestros sentimientos. La recaída del Imperio Romano sumido en la lujuria de una orgía de goles festejados a cámara.

Desconexión entre la grada y el escudo. Neoaficionados acudiendo a luchas de mercenarios en un espectáculo de lucha libre con balón. Turistas que acuden al fútbol provistos de palos selfies con los que fotografiarse de espaldas al campo. Las aficiones viven cautivas de los propietarios, plañideras de los fracasos y súbditos de los éxitos. Se rompe el vínculo entre la gente y el campo. Cada verano cientos de judas besaran un nuevo escudo. La gran capacidad que distingue al ser humano es la de compartir mentiras. Hacemos como que es nuestro equipo de siempre pero es nuestro equipo de nunca.

El aficionado líquido prefiero mirar el fútbol por el retrovisor de una pantalla en casa. Acudir al campo exige demasiado compromiso. El espectáculo debe continuar. El compromiso se enciende y se apaga con un mando. Dura noventa minutos. Quizá dos partes de cuarenta y cinco.

El jugador es un nómada del éxito. Una planta sin raíces a merced del viento del dinero. Aquella ley Bosman que se hizo para romper la esclavitud de los jugadores a quienes sus clubes aprisionaban se ha convertido en la nueva cárcel del fútbol.

Entrenadores que desligan a sus jugadores sabedores de que un partido se resuelve en una jugada en unas tablas tácticas eternas. Hipnotizadores de periodistas, fakires de ruedas de prensa, gestores de egos, paracaidistas de esperanzas, políticos de vestuario vestidos de traje transpirable. Incapaces de juntar arena y cemento para no mancharse.

Periodistas de conveniencia, lupas de la insignificancia, tertulianos de lo ridículo, informadores de versiones de parte, agitadores de humo, buscadores de culebras bajo el césped, pinchadores de balones que hacen el fútbol más feo, pantallas difusas que no dejan mirar el partido, vendedores sonrientes de anuncios deportivos, hooligans del negocio.

Eso es el nuevo fútbol líquido que Neymar ha puesto frente a nuestras narices. Capitanes recién llegados, números extraídos del bingo de las camisetas, botas de influencer, peinados de photocall, lágrimas artificiales, cromos falsos. El juego que murió ahogado en la playas de una isla desierta recién comprada para hacer un hotel de lujo. Odio eterno al fútbol moderno. 

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