Proyectos

Comunicador Multimèdia.

Especialista en comunicación ideológica.

Coaching en Finanzas Sociales y Alternativas.

Vocalista de Upper Class y CoverTales (Educarock).

Aspirante a escritor de cuentos, novela y poesia.

Guionista y Director de cortometrajes y webseries.

Formador en Educomunicación y Educación para la Tecnología.

Coordinador de Turismo Crítico

jueves, 16 de marzo de 2017

¿Acogemos o refugiamos?

Pensamos a través del lenguaje y cada palabra nos remite a un marco referencial que incluye otros conceptos colaterales. Es un mecanismo inconsciente que la derecha maneja mucho mejor que la izquierda. También es cierto que lo tiene más fácil porque sus marcos se atienen más a lo atávico. La izquierda rosseauniana descuenta la bondad natural del ser humano y explicita a partir de ese trampolín sus propuesta racionales y últimamente más postmaterialistas que otra cosa. Mientras tanto, el materialismo histórico marxista sigue su curso como una apisonadora.



El tema del movimiento de seres humanos será el gran reto de este siglo. Hay varios motivos para ello. El cambio climático obligará a migraciones de supervivencia en busca de agua potable. El éxodo rural llevará a grandes migraciones hacia los espacios urbanos y los conflictos bélicos seguirán presentes obligando a grandes migraciones de refugiados. La tragedia bélica de Siria es actualmente el movimiento masivo más visible pero hay y habrá más. La historia de la humanidad está plagada de atrocidades que hay que gestionar.

La migración de seres humanos por motivos de refugio político es uno de esos asuntos que pertenecen a las alcantarillas de la esencia humana. Unos seres humanos destruyen y aniquilan a otros que huyen con la esperanza de que otros seres humanos les ayuden. Es así de feo y triste.

El término que el derecho internacional acuña para este tipo de personas es "refugiados". Sin embargo, la izquierda valenciana y española insiste en usar el término "acoger". Podríamos no dar importancia a ese matiz salvo por el gran elefante que se planta ante nosotros.

El marco referencial de refugiar es una situación transitoria, precaria, temporal y colateral que no exige un gran esfuerzo por la sociedad receptora. Eso incluye campos de refugiados, viviendas transitorias y una situación de legalidad temporal en el territorio de llegada. Genera por tanto, una asimetría de derechos y situaciones durante el tiempo que dura el refugio. Esto genera un nivel de rechazo bajo entre la sociedad receptora.

El marco referencial de acogida es una situación más duradera, voluntaria, gozosa, que requiere esfuezo y resulta internalizada mediante una dilución entre el colectivo de acogida. El horizonte es diferente ya que exige más recursos y asume una cierta vocación de permanencia lo que genera una mayor simetria de derechos y por tanto la posibilidad de que las susceptibilidades surjan en la sociedad receptora.

Choca la diferencia de expresión mediática y jurídica entre "refugiados" y el "volem acollir" del discurso hegemónico en la izquierda.

El fenómeno de la ultraderecha se explica a partir de muchos motivos como el cambio tecnológico, la pirámide de población, el neoanalfabetismo la desigualdad y el choque cultural pero en términos de marqueting político estos matices del lenguaje son muy importantes. Nadie se puede negar a refugiar pero acoger puede resultar más costoso de hacer entender.

Las migraciones siempre han sido un tema difícil de gestionar. Dependen del cúanto, el cómo y el espacio de tiempo disponible para poner aceite a la fricción cultural. En un cambio de era como el actual es muy importante afinar todos los instrumentos para que la orquesta siga sonando bien. Porque nos jugamos el retorno a la barbarie.

Bueno, quizá el retorno no. Quizá nunca se fue pero no estaba en la puerta de casa. 
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domingo, 19 de febrero de 2017

La jerarquía de la muerte y la violencia de género

La jerarquía de la muerte es un proceso mediático ampliamente conocido por el cual la muerte se jerarquiza informativamente en función de los mecanismos de identificación con las víctimas. De esa manera es más importante la muerte de alguien semejante a nosotros que la de alguien no semejante. Por tanto mediáticamente tendrá más repercusión la muerte de un español en Turquía que la muerte de un somalí es Somalia. Es un consenso ampliamente asimilado que esto es así porque las características del concepto noticia condicionan los mecanismos de jerarquización. 



El sistema se convierte en más sofisticado cuando los matices de la jerarquía de la muerte se perfilan con más intensidad. Entre dos víctimas españolas el perímetro de la jerarquía de la muerte ya no queda tan claro y los matices de estrato social, género o incluso aspecto físico empiezan a salir a la luz. Es ahí donde la visibilidad llega condicionada por una acción coordinada y decidida que actúa de lupa mediática. Aún así la jerarquía de la muerte no deja ser una manera cruel de clasificar la muerte y otorgar visibilidad a unas y no a otras. El caso de las desapariciones en España es bastante evidente, unos llegan a ser mediáticos cuando revisten las características para serlo y ocupan portadas y minutaje mientras otros casos no llegan ni a aparecer. Es decir, que las -especialmente- televisiones deciden una especie de jerarquía de la muerte en función de sus características narrativas y colocan a su servicio la desgracia de la gente para conseguir audiencia. Esto no resta ni pizca de importancia ni a los casos relegados ni a los casos señalados. Simplemente muestra la crueldad del sistema mediático basado en publicidad y audiencias que requiere de un feedback inmediato y masivo para sostenerse y aleja los principios del periodismo de la praxis cotidiana.

El concepto de lo mediático y lo viral incluye básicamente algunas características comunes pero distan todavía de ser lo mismo. Lo mediático viene definido por aspectos como la proximidad, la identificación y la existencia de emociones básicas involucradas, pulsiones que definen tanto la capacidad de entendimiento y comprensión como la generación de identificación inmediata que facilite el aumento de la atención prestada. Lo mediático es lo que evita que cambies de canal ante el visionado de una pieza audiovisual.

Llegados a este punto el caso de la violencia de género y especialmente del asesinato de género es un caso paradigmático para analizar. Aunque resulte cínico, es un claro triunfo del movimiento feminista haber situado el terrorismo de género en la cumbre de la jerarquía de la muerte interna. Pero un análisis escéptico y necesario para desgranar los dogmas vislumbra algunas sombras en este espacio dominante.

¿Por qué los medios incluyen el asesinato de género como cumbre de la visibilidad en la jerarquía de la muerte interna?

Veamos otros ejemplos de muerte violenta y tratemos de diferenciar su tratamientos mediático. El año 2015 marcó un mínimo histórico en la muerte por accidentes de tráfico pero murieron 1.126 personas (hombres y mujeres). Casi ninguna de esas muertes tuvo titulares sino que ocupan colas y breves en las páginas/minutos de sucesos. Quizá en verano ante el descenso cuantitativo de noticias ocupen una mayor superficie. Se trata de muertes más invisibles, muertes a las que nos hemos acostumbrado, muertes asumidas y descontadas por la industria del automóvil.
Lógicamente, en este caso se trata de muertes estructurales. Una primera refutación lógica podría ser que no se trata de muertes cuyo elemento subyacente es cultural (machista) pero no es menos cierto que la "cultura" de la conducción es manifiestamente mejorable. Sin embargo, el camino de reducción de víctimas parece ya costoso, es decir, por más que se insista en campañas de prevención en la conducción en incluso sanciones parece que el concepto "mínimo histórico" constriñe la visibilidad mediática de las muertes por accidente de tráfico.

Otro caso de violencia y muerte estructural es la muerte de más de 32.000 personas al año en situación de dependencia -unas 90 al día- por falta de atención médica. Muertes evitables mediante una decisión presupuestaria y de recursos. Sin embargo, la cobertura mediática de estas muertes es escasa, prácticamente inexistente en los informativos diarios y algo más en el formato de reportaje. El recorrido de coste marginal de concienciación y curación presupuestaria es muy amplio pero en este caso la visibilidad tampoco parece interesar a los medios informativo porque encuentran dificultades narrativas y de concreción a la hora de contarlo. Por no hablar del hecho de que su cobertura mediática colapsaria cualquier informativo.

Finalmente, otra cifra relevante es la muerte de más de 900 personas al año por accidente laboral que tampoco reciben un tratamiento mediático relevante salvo en el caso de la cifra global. Pocas veces ocupan portadas o titulares y quedan relegados a colas y breves en los que se suele hablar de "desgraciado accidente" cuando las empresas no consiguen taparlos. La muerte laboral también tiene sesgo cultural (capitalista económico en este caso) en el que las empresas intentan ahorrar dinero y reducir costes en cuestiones de prevención y actúan de lobby para tapar los casos y las cifras que les perjudican a su imagen. En banca he conocido casos de suicidio de compañeros de banca cuya narrativa podría ocupar portadas y titulares y que han pasado bajo el ninguneo mediático más generalizado fuera de los medios locales.

El caso del asesinato de género, sin embargo, ocupa piezas completas y titulares. Cuantitativamente desde el año 2007 se mueve entre las 57 víctimas y las 84 víctimas anuales. Cuantitativamente es el menor de los casos analizados con mucha diferencia. Cualitativamente es dificil discernir el perímetro de la jerarquía de la muerte desde el punto de vista estrictmente conceptual. Sin embargo, los medios parecen tenerlo muy claro.

¿Por qué el asesinato de género tiene tanto éxito como noticia en los medios? Básicamente porque reviste las características de lo mediático. Es asumible en cantidad, tiene una narrativa concreta y entendible, es tangible y próximo, es aleatorio y transversal con lo que genera identificación inmediata y entra en la sección de sucesos que sigue siendo una fuente de audiencia desmedida. Así funciona la crueldad informativa.

Esta disquisición mediática es determinante a la hora de analizar determinados posicionamientos y transiciones de los feminismos actuales. Nadie puede pensar que lo mediático no está relacionado con lo social. La visibilidad informativa genera repercusión social y la invisibilidad informativa genera desafección social. Nadie entiene la irrupción de Podemos sin el éxito mediático primero del 15M y después del coleta. Existe un sustrato social subyacente pero el éxito mediático actúa de lupa para encender el fuego.

Fijada esa premisa básica el asesinato de género se ha convertido en un tótem. Criminológicamente habría que analizar si la variabilidad de su frecuencia y cantidad permite obtener grandes resultados aumentando su visibilidad o por el contrario su visibilidad actúa como acicate para la testosterona y los delirios de gloria del asesino que ve colmado con "fama" su denigrante acción.

Esta gran visibilidad mediática se sostiene conceptualmente desde el igualitarismo de género fácilmente: un cambio cultural requiere la creación de censura social para acceder a un paradigma nuevo. Lamentablemente ese no es el juego de los medios de comunicación. Los medios han detectado un yacimiento de audiencia secundado socialmente con un amplio consenso. Se trata de una condena mediática aconflictual e incontrovertible con narrativa de sucesos. Y deciden un determinado tratamiento informativo que favorezca sus intereses.

Una de las reflexiones escépticas que más debería hacer el feminismo tras el triunfo de colocar el asesinato de género como cima de la jerarquía de la muerte en España es como enfocar la visibilidad del asesinato de género desde el punto de vista mediático. La primera reflexión debería ser si esa visibilidad azuza al verdugo o conciencia a la víctima (cuántas no habían denunciado a sus asesinos?) y como gestionar esa dualidad. La segunda reflexión sería como gestionar el foco mediático. Actualmente está dirigido a la víctima (sociedad mira a futuras víctimas para que se alejen de sus asesinos potenciales) y no se valora el foco del verdugo (sociedad destruye los círculos concéntricos que sustentan el asesinato de género).
Criminológicamente habría que revisar la distribución de esfuerzos en la jerarquía de la muerte ya que quizá los costes marginales de éxito sean más útiles en una distribución diferente.

Otra las posibles reflexiones escépticas del feminismo que podría aportar el igualitarismo de género dual (desde el punto de vista de los dos géneros) es determinar el perímetro del foco sobre la muerte frente al fenómeno más amplio como son las violencias machistas. Determinar cuál es el peso de la muerte frente a círculos más amplios dejaría fuera de toda duda si el "asesinato de género" y sus rituales posteriores no están actuando de "niebla" que te permite ver solamente en el corto plazo.

La deriva de una parte del feminismo hacia el dogma que incluye un pack ideológico unido por lazos que entroncan con una cierta mística o teoría de la salvación hace necesarias alguna reflexiones que parecen frías e incluso cínicas pero necesarias para que la inercia no se haga cargo de la dirección del timón. Entre esos dogmas aparecen varios de los temas analizados. La poca visibilidad del terrorismo machista sería uno de ellos (¿es real?), otro podría ser que bajo cada crimen de un hombre hacía una mujer subyace siempre el paradigma machista (siempre es así?) y finalmente habría que considerar si la muerte es útil como termómetro presupuestario y de esfuerzo institucional así como de visibilidad mediática o deben buscarse alternativas corales que diversifiquen la evaluación del éxito.  

Quizá sería buen momento para empezar a hablar de feminismos o de igualitarismo de género dual donde aparezca un espacio masculino con aportación desde la percepción de la capacidad para empatizar de cada género con sus congéneres y la voluntad de construir una convivencia menos tóxica y menos machista. En todo caso es fundamental aplicar un barniz escéptico a todo lo que nos rodea. Ya se vislumbra un feminismo inclusivo y un feminismo exclusivo. Uno que busca la complicidad del género masculino y otro que busca su adhesión incondicional subsidiaria.
Y finalmente existe el riesgo de que la marca "feminismo" se estigmatice (si no lo está ya) de manera negativa. El lenguaje es el espíritu del pensamiento con lo que las palabras evocan emociones y la precisión es la guillotina del futuro. Si todo lo que no es feminismo es machismo la polarización nos hace perdernos en la niebla. Y no es fácil vivir separados en un banco de niebla.


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domingo, 5 de febrero de 2017

¿Quién protege a una montaña?

La cuestión de la renovación de la  autorización a la multinacional Lafarge para seguir extrayendo su materia prima en la montaña de Romeu es uno de los mejores tableros de ajedrez donde poder observar la partida del final de una era y el inicio de otra. Un mundo que se acaba y otro que empieza.



La actividad de la multinacional Lafarge es la mejor metáfora de actividad extractivista pura. Extrae su materia prima del corazón de un bien común: una montaña. La montaña es la mejor metáfora de la naturaleza como bien atacado por la voracidad humana. El cemento es el símbolo de la invasión de espacios naturales conquistados y enterrado bajo el hormigón y el asfalto.

Además Lafarge simboliza como nadie la mentalidad de mendicidad laboral del histórico núcleo industrial del Puerto frente a un medio ambiente que siempre salió perdiendo y que además está geográficamente en el núcleo de enfrente. Una vez más se pretende polarizar y someter un tema al carbono 14 de la segregación por motivos casi étnicos basados en un especie de ADN industrial que tiene que soportar todo tipo de costes de salud y ambientales. El segregacionismo continua intentando envenenar la convivencia en sus últimos coletazos de carencia de sentido existencial desde que la ley prácticamente prohibe las segregaciones municipales.

Todavía hay más símbolos y vectores en este tema del que apenas vemos manchas que no nos dejan ver el fondo del charco. El sindicalismo parece atrapado y secuestrado por la necesidad ontológica de sentirse parte de la empresa. El sindicalismo tiene que convivir necesariamente con la tensión entre medio ambiente y empleo. Y la fijación del perímetro no es fácil de trazar pero se entiende fácilmente cuando se habla de centrales nucleares. También las centrales nucleares creaban y crearían empleo pero hemos considerado que los intereses generales priman sobre esos hipotéticos empleos. El caso de Lafarge es nuclear y central, sin ser una central nuclear.

En el caso de Lafarge el movimiento de los trabajadores se mueve entre la necesidad de empatizar con las personas que sienten incertidumbre ante una posible pérdida del empleo y la timidez de saber que realmente la empresa parece tener tomada una decisión de declive técnico. La plantilla está desbocada por su preocupación y no deja las riendas de la racionalidad a quienes todavía podrían mantener la calma de una presión sindical saludable. La empresa parece usar al comité de empresa como rehén o escudo humanos en una táctica negociadora muy sucia que subasta la desesperación de las familias. Sin embargo, no parece haber indicios de racionalidad en esa conducta. Todo parece indicar que la actividad dará para 18 años más y dificilmente la media de edad de esa plantilla bajará de los cuarenta con lo que la jubilación parece prácticamente asegurada.
Convocar una manifestación por el empleo sin el logo de Lafarge es brindar al sol. Bosal se enorgullecía de su lucha. La posición sindical más sensata pasa por preparar la etapa final atando cabos. Lafarge languidecerá en un mundo que no puede incluir tanto cemento, por eso se sube a esa balsa para naufragos de incinerar de todo, porque su actividad principal se está agotando. Saber anticipar el cambio y buscar otro queso es una habilidad que no todos los ratones tienen. Muchos se quedan buscando el queso que les quitaron atrapados en una trampa tendida por Lafarge y que sus fotos de reputación social corporativa no han conseguido tapar.

Y finalmente el símbolo supremo del final del tardocapitalismo, la multinacional Lafarge que no quiere someterse al poder político. Las multinacionales se han convertido en las nuevas naciones soberanas por encima de los estados. Lafarge se siente retada por un pequeño ayuntamiento y ningunea la negociación con la guillotina de la imposición del miedo de cerrar la fábrica de Sagunto. Esa soberbia empresarial que impone y filtra informes de expertos comprados con dinero y contabilidades analíticas que hacen viable o inviable a gusto del directivo buitre una determinada franquicia territorial. Lafarge envenena la negociación con datos de parte y en el mundo de la postverdad cualquier cosa puede parecerlo. Se esconde detrás de los trabajadores para no dar la cara, se ausenta de las mesas de negociación. Juega sucio. Tan sucios como nos deja los coches, las ropas y los pulmones a las miles de personas que hemos vivido a su vera. No hay más que colgar una sábana blanca en la ventana y recogerla días después. No hay más que pasar un dedo por el coche.

Lafarge ya no cuadra en un modelo de ciudad que hemos trazado entre todos incluso con vaivenes políticos y que cristaliza en el momento actual con tres pilares: Parc Sagunt como plataforma logística, la declaración de Patrimonio de la Humanidad como eje turístico y la conversión a la plena sociedad de servicios de las zonas comerciales intermedias que fusionaran lo que no fusionó la política. En ese puzle la pieza de Lafarge carece de sentido y la empresa lo sabe. Todos los sabemos. Parece estar buscando una coartada para cometer sus habituales crímenes laborales. Parece querer buscar un motivo para justificarse. Y utiliza a sus trabajadores en una partida de ajedrez con las cartas marcadas y demasiados ases en la manga.

La empresa sabe que el declive está cerca en esta zona del mundo. Por eso somete nuevas zonas de extracción en otros países. Se mueve como los piratas allá donde están los barcos que transportan su oro barato. La empresa y su soberbia negociadora dilata los plazos pero nadie parece querer gritarle en la cara su desfachatez. La desfachatez de querer que su ventaja comparativa la paguemos entre todos. La desfachatez de que nos traguemos su competitividad por los pulmones. Una fea causa, una causa antipática.

Si quieren un día calibrar la dimensión del problema pueden entrar en Google Earth y comparar el tamaño del agujero de Romeu con el tamaño de Canet, de Sagunto o del Puerto. Y se darán cuenta de la magnitud de la catátrofe. Si la montaña fuera arena junto al mar todos estaríamos defendiéndola, porque la arena se llama turismo, porque la arena es donde juegan nuestros hijos, porque la arena forma parte de nuestras vidas pero y una montñana ¿Quién protege a una montaña?

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domingo, 11 de septiembre de 2016

El Síndrome Lahuerta del fanatismo escéptico

Quien mejor ha retratado la penitencia del fanatismo escéptico deportivo ha sido Rafa Lahuerta en su libro La Balada del Bar Torino. Es un libro trenzado de tres hilos. Por un lado una autobiografía terapéutica limpia y pulcra, por el otro un monólogo interior de interrogantes existenciales, una especie de trivial de la maduración intelectual y personal, y finalmente una pasión desatada: el Valencia CF. 


Yo tengo el Síndrome Lahuerta. Me confieso de mi primer fanatismo: el Valencia. En mi modesta colaboración con el blog Últimes vesprades a Mestalla intenté describir lo que sentía un niño de catorce años al ver por primera vez las luces de Mestalla. Aquella luz blanca que iluminaba el cielo y que era una caja de exaltación, gritos, instintos y fe.

Quizá le dediqué demasiado tiempo al fútbol. No a jugarlo. Pero sí a mirarlo y admirarlo. Es una tendencia obsesiva que se desató así. Y seguramente me protegió de bosques más oscuros. Ojalá hubiera jugado más y mejor. Algunos de los momentos más felices que he vivido han sido dentro de un campo de fútbol. Si puedo describir la felicidad es como un balón elevado en el minuto noventa que peinas hacia atrás y el portero no consigue atajar. Y ganas el partido. Quizá eso sea la felicidad.

El Síndrome Lahuerta son unas arenas movedizas en las que cuanto más te mueves, más te hundes. Deambulas por Mestalla intentando fingir una nueva primera vez pero acabas refugiado en la soledad de una grada desde donde el fútbol se ve desde lejos y la ciudad se ve un poco más cerca.

Madurar es básicamente un proceso de decepción. Esto también forma parte del síndrome. Una decepción de una grandilocuencia que funcionó como refugio durante un tiempo. Una general de pie donde se fingía una ferocidad que casi nadie era capaz de sostener. El urbanismo del poble de Mestalla nos conducía a una épica de la salvación y el renacimiento. Para cuando llegaron los títulos ya sabíamos que no éramos imprescindibles. En la isla desierta había ya demasiada gente. Lo mejor de una secta minoritaria es su determinación y convicción, su esperanza en la existencia de una tierra prometida.

Crecimos en una causa perdida desde la raíces de la segunda división, donde cada nuevo fichaje era una apuesta de casino. Después vimos destellos de magia, vilipendiamos a nuestros gladiadores como en cualquier otro circo romano, soltamos lágrimas en la lluvia, y un día llegó el orgasmo de un doblete, el Olimpo de finales de Champions y la borrachera del ladrillo de un estadio que ha vivido demasiadas "últimes vesprades".

Invertimos demasiada ilusión demasiado pronto y quizá se nos gastó de tanto usarla. El exceso de ilusión conduce al idilio y lo idílico siempre decepciona. Leyendo a Rafa Lahuerta uno se da cuenta de que las causas son más bonitas que las personas que las defienden. Una mirada transversal de la ciudad y su equipo, sus amores y divorcios, sus radiografías y fotografías. Una mirada instrospectiva que sacude incoherencias y decisiones, los complejos que escondimos en el vestuario, las vidas alternativas que dejamos de vivir durante noventa minutos, las miradas al marcador de nuestras vidas para comprobar si íbamos bien y la banda sonora de nuestros descansos.

El síndrome Lahuerta es el que te conduce a meter el fútbol entre lineas, el que describe tu patria metida dentro del área defendiendo un resultado. El Síndrome Lahuerta todavía aplaude cuando dicen la recaudación en el descanso como el que contribuye a reparar un cataclismo. La épica del ave fénix, resurgir de las cenizas. No hay nada más valenciano. O quizá sí. La pólvora de la celebración de una alegría compartida por gente que ya no comparte casi nada. La presencia inexplicable de la pólvora prohibida.

El síndrome Lahuerta es que el une tu itinerario vital al calendario de liga. Es el mismo que todavía pone las banderas en el orden de la clasificación mientras esperas. Esperas. Siempre esperas. Miras a tu alrededor y ves un mundo dentro de otro mundo. Desordenado y caótico, con ritmos desacompasados de gente que compra la ilusión que tú vendiste hace años. Ahora buscas un destello, antes huías del miedo. Ahora cierras los ojos, antes no parpadeabas. Antes soñabas, ahora duermes. Porque aquello fue una hoguera en la que quemaste demasiados últimos minutos de descuento. Y sin embargo, algo te hipnotiza a meterte entre los túneles de ese mundo. Cavas túneles subterráneos con tal de estar en contacto con Mestalla. Cada vez que pasas con el coche miras de reojo lo que un día sentiste. Como una mujer admirada desde lejos, fuera de tu alcance, un amor de verano adolescente que pudo ser. Te gustaría volver a sentir una primera vez y detestas pensar que alguna será la última.

El Síndrome Lahuerta fue el origen del "sentiment". Un sufrimiento al borde de la histeria de una mezcla de frustración y esperanza mezcladas con poco hielo y una tónica demasiado amarga. Una generación obsesionada con la resurrección sociofutbolística de una tierra con demasiada luz y demasiado amor. Una generación que compró todas las acciones de "trellat" que pudo y poco a poco se dio cuenta de que Rafa tiene razón. Hay dos tipos de valencianistas: los que vienen a servir y los que vienen a servirse. Los primeros son humildes, pacientes y perseverantes, un poco criticones, pero leales hasta la muerte. Porque un hombre puede cambiar de todo excepto de pasión. Los segundos son los que escriben la historia reciente con letra de palco.

Gracias Rafa por contagiarme el Síndrome Lahuerta, por reecontrarme con mis decisiones, por inmiscuirte en mis sueños, por compartir mis pasiones. Enhorabuena por tu libro. 
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viernes, 9 de septiembre de 2016

¿Por qué deberíamos tener miedo de los Pokemon?

La aparición y éxito de Pokemon Go! es un episodio más de la profecía de Debord donde realidad y ficción se confunden en la sociedad del espectáculo. Sin embargo, Pokemon Go! es un paso importante y un punto de inflexión diferente desde el punto de vista conceptual. 

Hasta ahora el espectáculo mediado entraba a nuestro ámbito privado mediante pantallas. La cuestión es que el fenómeno de la espectacularización de casi todo era un reducto interno, mediado socialmente por empresas. Así contemplamos las noticias que suceden en nuestra propia ciudad o jugamos a los videojuegos más violentos. Lo hacemos en casa, en un espacio privado e íntimo. Esa invasión desde el exterior determinaba un marco donde realidad y ficción permanecían ligeramente separadas.

Pokemon Go! ha roto con esa referencia. Pokemon Go! lleva la ficción a la calle, convierte todo el espacio común en un gran espectáculo. Saca fuera la ficción, la socializa, la convierte en un elemento de intercambio e interacción, en una experiencia compartida y exterior, una moneda de cambio social, un guión de conversaciones futuras. Y esto es muy relevante.

La salida al exterior del campo de la ficción revienta completamente las costuras de la segregación entre realidad y ficción. Las pocas fronteras claras que quedaban se desvanecen. Es la primera semilla de un camino por recorrer que el tardocapitalismo recorrerá sin duda y sin escrúpulos. La ficción se inserta en la realidad y la hace más confusa, menos clara, más interpretable, más dispersa en puntos de vista. Donde yo no veo nada, un niño ve un Pokemon. Donde yo no siento nada, un niño siente entusiasmo. Hemos vivido dos experiencias diferentes. Eso siempre ha ocurrido. La diferencia es que ahora no es el sujeto quien determina la diferencia sino el objeto de la propia experiencia.

La primera pregunta que deberíamos hacernos para tener miedo de los Pokemon es si -tras dejar de compartir pantalla- ahora vamos a dejar de compartir realidad, es decir, si el mundo experiencial presencial ha sido contaminado por el virtual. Hasta ahora el mundo presencial, mediático y virtual tenían sus vectores de relación y también sus muros de contención que permitían  una cierta higiene mental. Con Pokemon Go! el mundo virtual sale de las mentes a la calle. No hay duda que lo virtual es tan real como lo presencial aunque la tecnofobia nos ciegue. Enamorarse por Internet es ya tan real como enamorarse en el trabajo. La cuestión es si los pequeños Pokemon han venido a decirnos que en breve ya no compartiremos la misma experiencia, no veremos las mismas cosas aunque miremos hacia el mismo sitio, porque ahora puede haber unos pequeños seres diferentes.

El entretenimiento sale de casa y se instala en cualquier rincón. Se multiplican las ventas de baterías externas. La espectacularización de todo hace que cualquier economía se convierta en ficción y se suba a la nube de cualquier burbuja. Básicamente porque toda la sociedad juega a algo bajo estos parámetros.

Ahora son pequeños seres inexistentes de dibujos animados pero estamos en la prehistoria de la era tecnológica. Pronto quizá haya seres humanos en lugar de Pokemon, quizá los podamos matar o tener sexo, las gafas de realidad virtual quizá sean una manera más segura de viajar y vivir la experiencia, quizá ya no haga falta saber esquiar para esquiar o un barco para navegar. Quizá la experiencia virtual sustituya progresivamente a la experiencia presencial y será entonces cuando los Pokemon se dediquen a cazar humanos y se consume la venganza de la épica de Frankenstein. 
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jueves, 8 de septiembre de 2016

Sector27/ Lubo, Lubo

Algunos han tenido la suerte de ver a los mejores jugadores del mundo. Yo solamente tuve la suerte de ver a Lubo. Lubo se llamaba Luboslav pero era como un amigo, así que decidimos llamarlo Lubo. Mezclaba las mejillas sonrosadas de la ingenuidad de los fichajes del Este con una boca abierta que lo convertía en un jugador ausente, disperso pero que siempre aparecía con picardía y tensión. Lubo parecía un niño grande cuando llegó. Probablemente es lo que siempre fue. 


Lubo era búlgaro. Los fichajes que venían del Este eran el mercado "low cost" de los secretarios técnicos de Europa. Si conseguías que se aclimatará al nuevo mundo lo tenías casi todo.

Lubo era grande, muy alto, pero era un alto con alma de bajito. Caía al suelo con la facilidad y el estilo de un extremo frágil. Sus dos piernas permanecían juntas, en paralelo, para crear una caída que de tan bella parecía increíble para todo excepto para el árbitro que se las pitaba todas. Su fragilidad a conveniencia contrastaba con su fortaleza ante el envite cuando lo necesitaba. La absoluta certeza de que el balón estaría protegido y en el suelo mientras el resto del equipo se incorporaba lentamente. Lubo pertenecía a ese subconjunto de jugadores altos cuyo remate de cabeza es torpe y casi inexistente. Creo que Lubo no era más que la carcasa de un jugador bajito que jugaba dentro de él. Un gigante que inexplicabalemente centraba mejor de lo que remataba.

Lubo era nuestro palo mayor. Por aquella época el Valencia no practicaba el fútbol que quería sino el que podía. El Valencia siempre ha funcionado mejor desde el esfuerzo y la humildad de la necesidad que desde la grandilocuencia y el estilo. El fútbol de futbolin todavía no había llegado. Los toques existían, las circulaciones existían, pero las lineas no estaban tan milimetradas y los pases no caían en el pasivo de balonmano.
El Valencia de aquella época era un Valencia de diagonales. Los centrocampistas de ambas bandas se cuidaban muy mucho de ocupar las caídas en banda de Lubo. Lubo necesita mucho campo. Dejaba libre  un espacio en banda. El balón acababa en ese espacio donde Lubo sabía que estaba solo frente a su marcador. Recibía de espaldas y todo Mestalla sabía que acabaría por darse la vuelta. En otros momentos decidía aliviar al equipo y esperar un simple toque por detrás y entonces el gigante caía. Los jugadores respiraban, cogían aire, y Mestalla esperaba un balón parado. Los balones parados siempre son la esperanza de algo cuando no tienes un equipo que vuele sobre el balón.

Y además era zurdo. Los zurdos siempre desconciertan porque saben hacer lo mismo que tú y algo más. Miran el mundo desde el otro lado. Te cambian la perspectiva.

Lubo te humillaba porque recibía de espaldas, conseguía darse la vuelta, te hacía un caño, se tiraba y sacaba una tarjeta justo en el momento en el que la debilidad del equipo no daba para más.
Lubo era de esos jugadores-descanso. Cuando nadie sabía qué hacer con el balón, mandaba  un balón al espacio para que se dejara caer en banda Lubo. Y entonces todo sabíamos que se abría un reto. Esa zona del campo se convertía en un duelo del oeste. Era Lubo contra su marcaje. Era un partido aparte. Parecía extraño que en un campo donde había veintidós jugadores Lubo encontrara tanto espacio para crear un mundo aparte. Pero en aquella época existía. Todavía había espacios antes de que la férrea táctica de los superentrenadores existiera.

Lubo creció entre nosotros y se hizo mayor. Se acostumbró más a la noche que al día de Valencia. Era ese amigo golfo que veías por la noche y luego en el partido se salía. Salía incluso en pretemporada. No lo podía evitar. El choque entre Bulgaria y España era demasiado alto. Y Valencia entonces era la capital mundial de la fiesta. Las leyendas se forjan dentro y fuera del campo. Hablaba de forma atropellada con tanta contundencia que parecía chulesco pero eso le daba carisma. Cara de niño y timbre de voz de tenor ruso.

Lubo era el amigo de la afición al que le perdonas cosas que a otros no le perdonabas. Así que fuimos todos a su habitación de hospital cuando le detectaron el tumor. Lubo cambió de club y consiguió más éxitos que en Mestalla pero durante muchos años cuando el Valencia se ve acorralado en defensa, en Mestalla todavía había alguien que esperaba un balón largo al espacio abierto. Ojalá todo se solucionara como cuando estaba Lubo.

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miércoles, 7 de septiembre de 2016

Blaverisme, valencianisme, catalanisme, el post que no va sobre el que penses

Recorde perfectament les mirades dels meus companys de classe de la línia en valencià de Dret allà per l'any 90 quan vaig deixar la carpeta damunt la taula. La meua carpeta era un dels tresors de la meua obsessió valencianista. Jugadors retallats, escuts i un "collage" que després cobria amb adhesiu transparent. Fins i tot protegia els cantons amb cartes de la baralla amb cinta aïllant. Ben pensat era tota una metàfora de la meua vida. Una carpeta artesanal, creativa i amb els elements que tenia per casa. 

En aquella època no era fàcil aconseguir fotos del València CF en color. El Don Balón donava poques oportunitats. La majoria les podies aconseguir en blanc i negre dels diaris però en color era ben complicat. Els meus companys de classe no eren molt sabuts de futbol. Per tant, miraven de manera estranya la presència d'una ícona blavera en una classe bàsicament de catalanistes. En aquella època eixes etiquetes eren una espècie de "pack" i havies de triar. Probablement ells mai no s'arribaren a fixar que jo havia trobat un dels pocs escuts del València que tenia la franja blanca que jo considerava més històrica que la blava.

No va ser aquell l'únic exercici d'equilibrisme ideològic al qual em vaig enfrontar. Quan Las Provincias en plena Batalla de València va decidir començar el seu col·leccionable sobre la història del València jo no sabia massa bé com de complicat era el tema de la identitat valenciana. En casa estava claríssim. Una senyera sense blau, la música de banda, el pasdoble però també d'Al Tall i Pavesos, la pòlvora, la falla, la llengua d'Enric Valor, la història de Sanchis Guarner i el pensament de Fuster. Només ha sigut de ben major que he pogut albirar com de precursor ideològicament va ser mon pare ajuntant tot això. Jo hi vaig afegir, per complicar-ho encara més, al València.
El meu repte d'adolescent va ser portar Las Provincias a casa d'un "catalaniste" com se suposava que era mon pare. Potser gràcies a això sé el que va significar el Bunker Barraqueta i el Cabinista. Potser gràcies a això vaig saber de ben xicotet com funcionava la manipulació informativa. Aquell col·lecionable era del València però la curiositat d'un xiquet obsessiu va anar més enllà.

Xiquet de bones notes sabia per formació a casa i a classe que valencià i català formaven part del mateix domini lingüístic. A pesar d'això sempre he sigut conscient que valencians i catalans no formàvem part del mateix domini polític. Catalunya no ha tingut mai massa interés en mirar cap a altre lloc que foren ells mateixa. I els valencians havíem de trobar un camí propi. Tot això probablement ho vaig entendre gràcies a la rivalitat Barça-València que després s'obriria també al Madrid amb el traspàs de Mitjatovic. El Barça té un estil. El València té un altre. Això és així. La vida és futbol. La política potser també.

En algún lloc de "Nosaltres els valencians" deu posar que no t'ha d'agradar el futbol, però jo no l'he trobat. També deu posar que si t'agrada el futbol has de ser del Barça que és l'equip intel·lectual. Jo vaig optar per ser "xoto" i viure al poble de Mestalla. Allò em va convidar a sobreposar-me a un fum d'aparents contradiccions i incoherències. Sobreviure a les incoherències és l'exercici ideològic més complicat d'una persona i un col·lectiu.

Si anaves a Mestalla sabies que simplemente era un espill de la societat. El València i el seu país interactuaven constantment. Per tant, treballar des de Mestalla era també canviar el País Valencià. De fet Mestalla ha sigut clarament l'espill d'una certa recuperació lingüística; com quan a la final de Milà es va parlar exclusivament en valencià i ni una paraula en castellà. Tu sabies que una passió és només la via d'escapament d'una raó incontrolada. El naixement del Gol Gran no es pot entendre sense aquesta evolució social valenciana de voler superar una superideologització paralitzant, un bloqueig de suma zero dels dos grans packs de la transició. Gol Gran naixia enfront de Yomus, just a l'altre costat precisament per marcar distàncies, per assenyalar les diferències, com un esglaó superior, un altre pis.

Poc a poc ser del València i saber de futbol va ser més normal en el "pack" catalanista de València. Els èxits dels primers anys del mil·leni ajudaren a acompanyar a milers de xiquets de la línia en València que desitjaven una mitomania valenciana. Albelda es va convertir en el primer futbolista anticentralista nascut a les comarques. Tot tenia sentit mentre el propi València i el País entraven en un sense sentit.

Després de tot aquell esforç per fer entendre que els fenòmens populars com ara el futbol havien de ser assumits i digerits pel nacionalisme valencià com a part de la seua essència. Després de tot allò el futbol modern i el València modern ha acabat immers en un procés de desarrelament que em fa tornar a amagar-me darrere de la raó per trobar un espai per a la meua passió. El futbol modern ja no cap en la meua carpeta. I jo tampoc vull formar part de cap pack ideològic. Probablement això forma part de la meua al·lèrgia a formar part de cap grup. Una forma de reivindicar la individualitat com a única manera de revifar allò col·lectiu. 
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martes, 6 de septiembre de 2016

¿Quién se ocupa de los adultos con alta capacidad intelectual?

La literatura científica sobre alta capacidad está inequívocamente destinada a estudiar a los niños. Hay varias razones para que esto sea así. La disincronía emocional-cronológica que presentan es mayor cuánto más pequeños son, además la detección precoz de la alta capacidad es fundamental para que crezcan en armonía y un equilibrio complejo. Finalmente por cuestiones de negocio los padres están dispuestos a asumir gastos en terapias con tal de no verles sufrir. 

La alta capacidad en España es un "descubrimiento" reciente. Los diagnósticos son escasos por falta de implicación de las instituciones. La derecha educativa les exige excelencia y la izquierda educativa los incluye como furgón de cola en la diversidad intelectual. Primero atiende los percentiles bajos considerando que los percentiles altos son más un capricho que un problema.

Se considera que un 10% de la población tiene alta capacidad intelectual o inteligencia superior. En este contexto de desidia institucional y social respecto al talento podemos decir que una de cada diez personas que conocemos (quizá más dependiendo del ámbito en el que nos movemos) tiene alta capacidad intelectual y no lo sabe. No conoce por qué su mente funciona como funciona. Desconoce el por qué de algunas de sus "manías". Quizá incluso haya desarrollado mecanismos de adaptación disfrazando o escondiendo su coeficiente intelectual (esto es muy frecuente en las mujeres).

Con el tiempo las disincronías entre la edad mental y la edad cronológica disminuyen pero hay un conjunto de características que permanecerán en el tiempo y llegarán a la edad adulta. Si además el niño o la niña no fue reconocido como de inteligencia superior puede haber crecido entre traumas de rechazo y falta de aceptación social. Y con esas armas deberá afrontar la edad adulta y un mundo laboral donde el tardocapitalismo no suele valorar las características que hacen fuerte a una persona de alta capacidad.

Pocas lecturas -apenas algún apartado- hay sobre alta capacidad en la edad adulta. Sin embargo, muchas de las conductas de inadaptación pueden, además, verse potenciadas durante la edad adulta por diversas razones:


  • El mundo laboral no premia la creatividad. El capitalismo requiere que cada celda de trabajo conozca un nivel de información y no más, es decir, que realice su función según se le ha encomendado sin pensar otras maneras de hacerlo. Las personas adultas con alta capacidad siguen teniendo una enorme creatividad con lo que son capaces de ver nuevas maneras de hacer las cosas que se desconsideran generando desánimo, desilusión y desafección con el proyecto. 
  • El antiefecto gregario. En los países de raíz católica la exégesis está reservada a las élites dirigentes. Eso quiere decir que la élites de un colectivo del tipo que sea detectan las opiniones divergentes como un problema para su estatus. De alguna manera consideran que se les está cuestionando. Sin embargo, el alto grado de inteligencia lógicoanalítica de las personas con alta capacidad puede conducir a un escepticismo e inadaptación al grupo al considerar más variables de las que son necesarias y exponerlas de manera anticipada. De alguna manera, la persona con alta capacidad es capaz de detectar más problemas y más pronto. Eso podría ser una ventaja para una organización pero también un grave problema si nadie más es capaz de ver y entender esas amenazas. Además la mente de las personas con alta capacidad no funciona de manera grupal ni social, sino de manera individual y en base a sus propias conclusiones, lo que hace difícil que detecte estrategias sociales a su alrededor y simplemente ofrezca sus opiniones en momentos y lugares inadecuados. 
  • La introversión. La introversión y la extroversión son mecanismos que se cruzan con la genética del coeficiente intelectual. Si la persona con alta capacidad es extrovertida es más fácil que adopte de manera precoz mecanismos de adaptación social. Pero si la persona de alta capacidad es introvertida puede permanecer eternamente inadaptada. Cuestiones como el exceso sensorial hacen que la persona de alta capacidad mantenga una actitud antisocial de descanso, trastornos alimentarios por texturas, que evite el contacto y la invasión de espacio vital (tan importante en el mediterráneo), que le perturbe el ruido, que busque espacios interiores para descansar, que multiplique pequeñas molestias que a los demás parecen no afectarle. Esto dificulta la sociabilidad también en la edad adulta. Las relaciones sentimentales se convierten en una redefinición de reglas de convivencia que otras personas consideran maniáticas.  La dictadura de los extrovertidos te pone un doble estigma: demasiado inteligente y demasiado introvertido. 
  • La sociedad de servicios obliga a sostener varios dogmas. Uno de ellos es la sociabilidad, la capacidad para relacionarse con los demás, para obtener tu salario. Los oficios en soledad escasean. La persona con alta capacidad ha crecido normalmente bajo la etiqueta de raro o diferente. Es habitual que a una persona con alta capacidad le cueste funcionar en equipo dada la lentitud de los grupos. La teoría dice que un grupo va tan lento como el más lento del grupo. Sucede en las clases y sucede en las empresas. Suele contribuir el hecho de una especie de clarividencia intuitiva frecuente también en las personas de alta capacidad que determina la solución a  un problema con mucha más rapidez sin saber exactamente el por qué. A las personas con alta capacidad les cuesta funcionar en grupo, porque mientras los demás siguen con la tarea esa persona ya hace rato que la acabó y busca otra porque se aburre. Eso sigue ocurriendo en el mundo adulto. 
  • La superemocionalidad. Uno de los retos que debe afrontar un adulto con alta capacidad es sobrevivir a un ritmo emocional para gente cuyas huellas emocionales son inferiores. El cine, la televisión, las redes sociales, las noticias, lanzan impactos emocionales para una población media con huellas emocionales medias. Sin embargo, el adulto de alta capacidad mantiene su superemocionalidad de modo que se ve muy afectado por una especie de ósmosis empática que le hace empaparse de las emociones suministradas en cada entorno. El adulto de alta capacidad sigue sufriendo mucho ante cuestiones que otras personas desconsideran. Además puede mantener dosis de idealismo y pulcritud que no están de moda precisamente. 
  • El miedo al rechazo. Una de las cosas que primero aprende la persona de alta capacidad es que es diferente. No siempre sabe por qué, pero sabe que es diferente. Así se lo marcan sus cronológicos. Lee, piensa, escribe, imagina cosas que a sus cronológicos no les importan. En la edad adulta es más fácil encontrar un grupo de adhesión pero el rechazo sigue ahí. La persona de alta capacidad ha adquirido una gran competencia para detectar síntomas de rechazo y se produce un proceso de internalización de la culpa. Las personas de alta capacidad son muy introspectivas y eso no se va con la edad. Viven en un continuo monólogo interior implacable e imparable y muchas veces introspectivo de autoanálisis. Un exceso de pensamiento y autocrítica que no tienen las personas de coeficiente medio. Aprender a convivir con eso puede minar tu autoestima. Detectar el rechazo con tanta rapidez puede convertir al adulto de alta capacidad en solitario o antisocial. 
  • Problemas de relación entre la lógica y la emotividad. La ciencia demuestra que la mayor parte de las decisiones las seguimos tomando en base a emociones. Sin embargo, la evolución humana es diferente del resto de especies por la progresiva domesticación de algunas emociones frente de la razón. Por ejemplo, la política es razón frente a la emoción del poder y la guerra. La lucha permanece hoy en día entre seres más emotivos y seres más lógicoanalíticos. Las personas de alta capacidad suelen pertenecer a un extraño mundo donde el intelecto debe sobreponerse al mito y la emoción con lo que suelen ser consideradas personas frías. Su humor no siempre es detectado ya que suele ser sarcástico e irónico, a veces son demasiados directos en la temática, asumen con naturalidad la fatalidad. Todas estas cosas no son bien recibidas por las personas de percentil medio cuya emotividad todavía prevalece lo que le genera al adulto de alta capacidad diversos problemas de convivencia en su entorno más próximo. La falta de dominio de los protocolos podría ser una característica como también lo seria la racionalización de cuestiones como el amor y la pareja que -especialmente en el mediterráneo- se siguen viviendo como algo fuera del ámbito de la razón. 

La cuestión es quién se ocupa de los adultos con alta capacidad. Hay cientos de psicólogos y asociaciones para niños con altas capacidades. Se ocupan de su rendimiento educativo y sobre todo de su trasfondo emocional. Eso es lo determinante. Su intelecto ya es superior pero sus emociones están desordenadas. El niño crece y se hace adulto pero sus problemas no desaparecen. Algunos se diluyen, otros le atormentan, otros aparecen pero no parece que haya alguien a quien acudir. 


Uno de los problemas más graves que tienen los niños y adultos con alta capacidad es que no les vale cualquier psicólogo. Intuitivamente reconocen inmediatamente a los que son como ellos y no aceptarán la terapia de un profesional al que no le reconozcan autoridad intelectual. Muchas veces, algunos de sus problemas derivan de cuestiones existenciales para las que la psicología de perfil medio no parece estar preparada. A veces necesitan más un filósofo que un psicólogo que acuda a su rescate. Pero no hay más remedio que seguir improvisando. 
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lunes, 5 de septiembre de 2016

Educación para la Tecnología vs Educación contra la Tecnología

Nos estamos comportando colectivamente de una manera absurda frente al alud tecnológico que se nos ha venido encima. Consumimos tecnología en todo momento sin un proceso previo de domesticación (hacerla doméstica) mediante la reflexión, el sentido común, el diálogo y la formación. En el mundo adulto funcionamos con tecnología a todas horas. Hemos aprendido por ensayo y error, intentando no naufragar según la edad y las necesidades. Incluso hemos luchado contra la pereza intelectual que en España conduce a la tecnofobia que nos hace perder bastante productividad. 
En resumen, asumimos de una manera u otra que la tecnología está presente en nuestras vidas. Muchas veces lo hacemos de manera gozosa y alegre, alardeando de nuevos aparatos o de adicciones diversas como la nomofobia. La tecnología se ha convertido en un tótem de posición social. Nos acercamos a la tecnología despojado de cualquier salvavidas, a lo bruto, simplemente lo hacemos.

 
Los niños acceden a tecnología a edades cada vez más tempranas. Acceden a esta tecnología como acceden a todo: mediante la imitación. La imitación de una conducta improvisada y sin formación básica en herramientas tecnológicas de los adultos es el método de aprendizaje para niñ@s y adolescentes. Asumen la tecnología como parte de un ecosistema, una especie de bruma que está en todas partes. 

Hasta ahora -al menos en España- casi nadie se ha planteado la necesidad de ofrecer una formación tecnológica. En los casos en los que sí que se aborda se hace desde una perspectiva básica: la seguridad. Una perspectiva que choca con las edades a las que va dirigida. 

Los pocos talleres que se imparten de Educación Tecnológica los imparten la policia para prevenir delitos. Asociar policía, delitos y tecnología es estigmatizar la tecnología como un lugar oscuro del que hay que protegerse. Y choca con la visión de los niñ@s. La visión paternalista pretende darle a los hijos una visión proteccionista de Internet y las redes sociales como espacio lleno de peligros. Los otros talleres de Educación Tecnológica que he visto suelen ser de control parental donde se orienta a los padres sobre la manera de controlar a sus hijos a través de la tecnología. 

Pertenezco a una generación que creció frente a la televisión acusada de acabar con la cabeza plana de mirar tanta tele. La primera vez que ví un ordenador ya tenía 22 años y cambió por completo mi vida. Para mi la tecnología es una oportunidad más que una amenaza. La palanca que me permitió elevarme hasta ser una persona nueva. Esa doble visión como oportunidad y como amenaza debe estar presente en cualquier análisis. 

La primera fase para avanzar es superar la opción cero: la ausencia de formación en nuevas tecnologías para niñ@s. Dejarlos en la selva tecnológica sin instrumentos es un error. Por lo tanto, deberíamos instrumentar talleres y cursos de formación en uso social y recreativo de tecnología. Pero la segunda fase es superar la idea de la tecnología como lugar espantoso donde ocurren cosas terribles. La tecnología encierra peligros pero también muchísimas oportunidades. 

Los proyectos de EduTecnología en los que participo están más enfocados a crear consensos sociales sobre una especie de "nueva cortesía tecnológica", también sobre sus usos sociales, familiares e individuales. Intetamos facilitar información sobre gramáticas de los contenidos antes de que esos contenidos accedan de manera precipitada a mentes en información. Una buena Educación para Tecnología debería dar ese doble prisma de creatividad y prudencia. Una buena Educación para la Tecnología debería establecer un diálogo intergeneracional en el que los adultos aporten su experiencia de usuario y los hijos aporten su eterna curiosidad, descubrimientos y nuevas perspectivas. 
También hay que controlar los riesgos pero no confundamos el todo con la parte. La tecnología no puede dar temor, debemos actuar con cautela, con conocimiento, con espíritu crítico, con creatividad. Y para todo eso hace falta dedicar algo de tiempo y atención en una Educación para la Tecnología en lugar de una Educación contra la Tecnología. 
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Roberto, Rubert i Robert. Historia de un villano mal dibujado.

El periodismo deportivo dejó de gustarme cuando dejó de sorprenderme. Con la edad he entendido que los buscadores de sensaciones detectan las repeticiones con más facilidad que otras personas. Necesitan estímulos crecientes porque tienen demasiada memoria. Yo me cansé del periodismo deportivo en el momento que fui capaz de anticipar exactamente cada palabra tras un partido o un fichaje. Todo empezó a ser demasiado previsible. 


Una de las cosas más previsibles que el periodismo deportivo usa es la ficción narrativa de las etapas del héroe de Vogler. De alguna manera necesitan trazar todos sus matices: el mentor, el descenso a los infiernos, el retorno del héroe, la aceptación del reto, el traspaso del primer umbral. Últimamente se han empeñado en trazar el personaje del traidor para vender sus audiencias a las empresas de publicidad. La épica del traidor en el fútbol moderno es como intentar oler a cuero antiguo en el vestuario sabiendo que ya todas las pelotas son nuevas. Pero el circo del periodismo deportivo moderno lo intenta apoyado en la coartada de las redes sociales. Ahora le toca a Alcacer.

Escribía el otro día sobre el gran traidor valencianista (Pedja Mitjatovic) pero la lista de los "traidores" valencianistas tiene más nombres. Cada uno tiene sus matices, pero quizá uno de los más curiosos fue Roberto Fernández y su evolución hacia Rubert y luego Robert. No deja de ser una gran paradoja de la historia que sea Robert el que se lleve a Alcacer. De alguna manera está pidiendo a gritos que se recuerde su historia.

Roberto era la gran esperanza blanca -nunca mejor dicho- de un Valencia descendido y arruinado. La Batalla de València se azuzaba desde todas las trincheras. No estoy de acuerdo con Rafa Lahuerta sobre la neutralidad del Valencia como institución en aquella época. El club siempre ha sido un espejo de la comunidad que lo ampara. Y la masa enfurecida de esa época era una muy concreta, la indignación de la época viajaba en otra maleta. Otra cosa sería dirimir si el club fue víctima o instigador de la trama. Ahí le puedo dar la razón a Lahuerta. Se podría escribir una historia valenciana cosiendo la historia del Valencia con su contexto histórico.

Algo así pasaba con Roberto. Entonces todavía era Roberto. El descenso del Valencia dejó a una serie de directivos con la necesidad de cobrarse el dinero que habían puesto en el club. Era la gran dimisión de la burguesía valenciana de su club, una dimisión que volvería a aparecer en la conversión del club en sociedad anónima deportiva cuando las acciones no encontraban compradores de grandes paquetes.

Vendieron a Roberto para cobrar sus deudas. Entre ellos había insignes nombres del valencianismo futbolístico. Pero el Bunker Barraqueta tenía un relato mejor que se insertaba perfectamente en el robo de la paella y de las fallas por parte de los invasores "polacos". "Mos havien furtat a Roberto", de la misma manera que "mos havien furtat la paella i mos volien furtar les falles". Y su estrategia final era "no mos fareu catalans". Algunos de estos episodios todavían resuenan en las calles de la ciudad (estas últimas fallas sin ir más lejos).

Roberto se convirtió en un villano extraño. No se le podía culpar porque había sido traspasado. El proceso de victimización externa propio de cualquier colectivo que pretende cohesionar en el miedo necesitaba un villano mejor, más claro, más preciso, más diáfano.
El proceso autonómico era asimétrico y algunas autonomías tenían más sentido existencial que otras. Catalunya era de las que iba por delante y el Barça era una de sus señas de identidad. Se forjaba el villano perfecto. La soberbia e invasora Catalunya que acecha los tesoros de un indefenso Valencia C.F. vencido, hundido en el lodo de la segunda división, con un futuro incierto. Ese fue uno de los mejores marcos cognitivos que Lakoff hubiera podido detectar.

Nadie advirtió que un descenso a segunda era la mejor metáfora de una autonomía de segunda. La sede del mundial de Valencia para la selección española se hizo por algo. Los tanques del golpe de estado salieron en Valencia por algo. En Valencia se jugaba algo más que un partido. En Mestalla se jugaba también una partida política. El descenso a segunda fue un drama, un desastre deportivo y social, pero fue un alivio político para la afición de Mestalla. El Valencia ya no servía para "ofrenar glòries". La ciudad se escondió y aparecieron los pueblos y las comarcas. Quizá fue por eso que se tuvo que hacer cargo de la situación un industrial de la Vall d'Uixó, un castellonense solucionando al club de la capital: Arturo Tuzón.
Las cosas suceden como suceden y no pueden suceder de otra manera.

Tampoco nadie advirtió que realmente supimos que Roberto hablaba en valenciano cuando empezamos a ver TV3 de manera pirata. Entonces nos enteramos de que Roberto era en realidad Rubert. Con esa "o" cerrada que imperializa el catalán oriental escondiendo la mitad de su dialéctica. La "o" del final también caía como una venda frente a nuestros ojos. Era dificil que Roberto fuera un villano. Disfrazado de Rubert quizá.

Pero ya no hacen traidores como Pedja. Robert volvió pocos años después al Valencia recuperando solamente una "o". Entonces ya volvió como Robert con esa "o" de potencia valenciana. El centrocampista con remate que usaron para cobrar sus deudas. Un mal villano, que nunca lo fue. Para entonces "el colp de cap de Rubert" ya lo había hecho famoso Joaquim Maria Puyal. Fue esa relación de amor odio que nos hizo aprender el primer vocabulario en català sobre fútbol que después se desarrollaría con "el baló fa un ciri" de Miquel Àngel Picornell.

Son las dos versiones de un mismo relato Rubert i Robert. Roberto quedó en los libros de contabilidad de un club que tuvo una pesadilla de un año de la que despertó gracias a un "sentiment".
El mismo que hoy prostituyen.

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domingo, 4 de septiembre de 2016

Youtubers y la dictadura de los extrovertidos

La extroversión no debería ser más que una característica de la personalidad de la misma manera que lo es introversión. Sin embargo no lo es, es algo más. La extroversión se ha convertido en la "normalidad". Es el nodo de referencia para establecer las conductas desviadas, es el núcleo de la campana de Gauss que determina tu estatus y parte de tu identidad. Los introvertidos son trasladados a la periferia del sistema desde pequeños. La timidez es algo de lo que desembarazarse. La interacción social es admirada. La aceptación social es una reválida. La soledad es un infierno. El silencio algo evitable mediante una palabra constante, pertinaz e invasiva. 



En España ser introvertido te convierte en raro. Disfrutar de la soledad, del silencio, del mundo interior, de tu rincón exquisito, del pensamiento frente a la acción, de lo racional frente a lo emotivo, todo eso te convierte en raro. La dictadura de los extrovertidos te obliga a seguir al rebaño y ser la oveja negra no es fácil. 

El sistema económico no es neutro en estas materias. El capitalismo de consumismo extremo es una disciplina pensada para extrovertidos. El hedonismo de sabores y olores, la apariencia de vestuarios, el cambio permanente, la adicción a la novedad. La necesidad permanente de interacción social, la necesidad de comunicación constante les hace consumir bienes y servicios. 
El tardocapitalismo de entretenimiento necesita más el optimismo extrovertido que el realismo introvertido. La publicidad muestra personas extrovertidas en ámbitos de extroversión. Las emociones que más favorecen el consumo son las emociones positivas: la euforia es un fuerte catalizador de consumo; el recogimiento y la reflexión en la compra no son mecanismos potenciadores. El extrovertido se convierte en el Rey León de la cultura del entretenimiento, sometido a una promesa eterna de que todo esto algún día será suyo. Su mecanismo de supervivencia es la aceptación y adaptación al cambio, su empatía emocional y su manejo de la sociabilidad como espacio de confort. 

Durante la adolescencia y juventud el efecto gregario de pertenencia al grupo y la aceptación social forjan con mucha más intensidad la identidad colectiva e individual. Si pertenecer al mundo mediterráneo y latino no fuera suficiente (cultura del ruido, de la luz, de la gastronomía, del contacto personal) también la tecnología se pone de parte de los extrovertidos. 

Cuando recluimos a los niños en casa alguien podría pensar que asistiríamos a una generación más introvertida. La tecnología se ha ocupado de demostrar que no es así. No hay más que ver a los gladiadores del nuevo coliseo romano llamado redes sociales. La tecnología está ofreciendo un espejismo para un desierto cada vez más enorme: la posibilidad de convertirte en influencer tecnológico usando tu extroversión. Los extrovertidos tienen todavía más ventaja con la nueva tecnología.  

Una generación de millenials está creciendo con una cultura de mitos dominante: el "influencer" extrovertido y narcisista. Si escribir es un acto presuntuoso de pensar que tus opiniones pueden resultar útiles, exponerte ante la cámara lo es todavía más sobre todo si no parte de ningún sentido del análisis y la reflexión. 

Si analizamos los códigos compartidos por los youtubers detectaremos la enorme ventaja que la sociedad tecnológica del entretenimiento ofrece a los extrovertidos. 

  • Bufonización. La base del entretenimiento es el humor y la risa como iconos de felicidad. Sonreir es obligatorio en la dictadura extrovertida. Sin embargo, los códigos narrativos del humor siempre han sido dispersos. El bufón es diferente del payaso y el payaso es diferente del chistoso y el chistoso diferente del irónico y sarcástico. Cada escalón requiere adquirir unas competencias para descifrar el enigma que siempre supone el humor. El humor youtuber funciona a la baja porque se basa en la obtención cuantitativa de likes. Por tanto, impone un imperio del humor situado en la banda baja de la bufonada y la payasada. Lo sutil es ladeado, lo complejo es saqueado, solamente los lugares comunes más básicos (bufonada corporal) son espacios ampliamente compartidos. Una ventaja para los extrovertidos. 
  • Consumo a demanda. La desaparición de la pantalla compartida se sitúa de manera simultánea con el consumo a demanda, es decir, ya no solamente no compartimos contenidos intergeneracionales sino que además con el consumo a demanda se producen dos fenómenos paralelos. El primero es la aparición de un target unificado, masivo y homogéneo por edad. El target siempre existió pero su impermeabilidad y estancamiento es una novedad. El segundo es el acortamiento existente entre deseo/necesidad y recompensa. Para el consumismo esta reducción es muy importante. Amazon podría dar lecciones magistrales sobre el tema. El umbral de frustración debe estar tan bajo como sea posible para generar conductas adictivas y compulsivas-emocionales. Los extrovertidos son el perfil idóneo para capitanear la influencia. No hay más que ver a las influencers de moda de Instagram y Youtube para comprobar que la cantidad es el mecanismo de identificación más sencillo en un mercado donde la calidad y la exclusividad no generan tantos likes. 
  • Cosificación de la alteridad. El consumismo mercantiliza todo. El otro se convierte en un objeto que puede ser usado como mercancía. Así surgen las diferentes versiones de este fenómeno. Youtubers que enseñan a seducir pero también Youtubers que usan la ridiculización ajena mediante el engaño como mecanismo de engagement para conseguir likes. El otro es un instrumento para su finalidad. El extrovertido (activo-autor-mayoritario) además puede someter al introvertido (pasivo-receptor-minoritario). No es nuevo, los medios para jóvenes siempre han usado la mentira como recurso (Se pueden ver las bromas de "Anda ya" durante años para demostrarlo). El grado de crueldad de las bromas y comentarios, sin embargo, es un fenómeno nuevo, un recurso recurrente y excesivo donde el individualismo excluyente reina frente a los comportamientos, géneros o razas minoritarias. 
  • Atrevimiento narcisista. Una de las características de la extroversión es la impulsividad. La impulsividad es uno de los recursos más rentables para el consumismo. Esa impulsividad es una relativa carencia de mecanismos de control y miedo. Indudablemente la linea entre la prudencia y el miedo es muy corta pero los extrovertidos y los introvertidos la ponen en lugares diferentes. El primer atrevimiento es ponerse delante de una cámara. El segundo atrevimiento es pensar que tienes algo que decir. El tercer atrevimiento es pensar que transgredir pautas de convivencia y respeto es divertido. El último atrevimiento es pensar que tus acciones no tienen consecuencias. Muchos de los vídeos de youtubers son pruebas autoimpuestas que salpican a extraños o conocidos. No es más que un juego mediático de beso, verdad y atrevimiento eterno. Un juego en su sentido más lúdico, el de pensar que simplemente nada tiene consecuencias. 
  • La eterna juventud. Uno de los disparates del mensaje que están asumiendo hoy en día los adolescentes españoles es que existe un modelo de anticipación del éxito y que es de carácter tecnológico-mediático. Es una especie de Delorean del éxito que te lleva directamente al ático del sistema con tu propio canal. La extoversión puntúa en España siempre más que la introversión pero no siempre la diferencia es tanta. A lo largo de la vida hay muchas etapas donde la introversión es más valorada. Indudablemente con un paro juvenil de las dimensiones del actual y una generación Ni-Ni, la cultura del entretenimiento favorece la creación de una eterna adolescencia que puede prolongarse hasta los 30 o más. Los códigos de una generación sin trabajo pero con dinero no son los mismos que los de una generación con trabajo y con dinero. El cauce mental no es el mismo. El mito de la eterna juventud forma parte del espejismo. Yotuberismo de gaming es como ser futbolista. Se puede ser hasta una cierta edad. La edad en la que se comparten esos códigos. Después hay que retirarse y meterse en la vida normal. Algunos conseguirán eternizarse como futbolistas o toreros en sus mundos paralelos, pero la mayoría tendrá que alistarse en las filas de la gente común. Asumir el riesgo de abandonar los estudios demasiado pronto es una reflexión de tal calado que hay que medir muy bien si tu futuro no existe en el presente o simplemente tu presente no te permitirá tener un futuro. 

La tecnología no es neutra sino que se maneja en un contexto determinado e interacciona con él. La transformación tecnológica está favoreciendo una sociedad que se comporta permanentemente como un concurso de Factor X. Una rueda de aspirantes que se convierte en un lluvia de perseidas donde mirar el firmamento es más contemplar la oscuridad que las estrellas. 
Esa es la auténtica dictadura de los extrovertidos. Es impresicindible devolver el telescopio a una cierta selección de talento no cuantitativa. Es demasiado importante sacar la linterna y buscar en el suelo lo que el cielo esconde. Hay talento a todas las edades. Hay mucho talento introvertido. Hay que sacarlo a la luz. La cuestión está en descubrirlo porque los introvertidos no suelen participar de la cultura de la exposición. 
Como dijo un día Matías Prats enfadado "Mete la cámara ahí por Dios". Si no metemos la cámara ahí, miles de cámaras nos invadirán las mirada. 
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sábado, 3 de septiembre de 2016

¿Cuando derrapó Podemos?

El periodismo siempre será necesario. Las redes sociales cada vez dejan más claro que la gestión profesional de la información es un requisito indispensable de higiene democrática. La evolución del periodismo se está produciendo de muchas maneras. Existe un periodismo que navega en los nuevos océanos de datos para desvelar verdades que nos inundan de manera invisible. Existe un periodismo que vive del surfing de actualidad. Y existe un periodismo que se va forjando con más artesanía que industria que consiste en hilvanar hechos, evoluciones y cambios que la lupa del día a día no deja ver. 

El crecimiento de Podemos ha sido vertiginoso. Su velocidad de asimilación ha sido paralela,  de manera que damos como asentado a un partido que apenas tiene dos años. La velocidad de crecimiento, las expectativas depositadas y la adicción a la novedad hizo que fuera el periodismo de rabiosa actualidad el que se ocupara plenamente de él pero el otro periodismo ya hace su escarceos de análisis y detección de incoherencias.

El surgimiento de Podemos eclosiona en mitad de un aura de estrategia política. Un grupo de líderes encuentran una masa infrarepresentada y se suben a lomos de esa representatividad. No lo hacen de cualquier manera, lo hacen con una estrategia calculada. De inicio intentan representar los valores del 15M, estudian su composición y componen una balada pop que incluye los mejores estribillos. El movimiento 15M en su versión menos popular y más ideológica era un conjunto dispar y disperso de altermundismos de diferente calidad conjuntados con una especie de transversalidad revolucionaria de cambio sistémico. Podemos cocina ese plato y se sitúa en el ámbito de lo alternativo, incluso radical. Es un mundo en el que Iglesias se mueve con astucia y buena dialéctica (un magno compendio de videos de youtube lo muestran). 

En todo esto no hay que olvidar que Iglesias y Monedero han sido asesores (olvidando chavismos diversos) de Izquierda Unida con lo que cabe entender que el modelo político al que aspiran es una versión diferente de la coalición de izquierdas, una especie de actualización de sistema operativo para la izquierda donde se manejen otros vectores con más éxito como la centralidad y el interclasismo que parecían las obsesiones de Errejón. 

Esa primera versión del Podemos Beta se ve rápidamente refundada por la sopresa del éxito electoral de las europeas de 2014. La reconducción se hizo de una manera inteligente atenuando los vértices ideológicos más cortantes y rompiendo esquemas y marcos cognitivos en los que las etiquetas de los medios se sentían más cómodos. Iglesias decía aquello de no es igual hacer un programa para entrar que para gobernar. Esa técnica del despiste y bruma ideológica de la indefinición tenía caducidad. Por un lado, se fomentó el nacimiento del Podemos de derechas: Ciudadanos, que actuó de límite ideológico por la derecha. Por otro lado, las locales y autonómicas se abalanzaron sobre un partido adolescente (en crecimiento y maduración). 

La estrategia para afrontar las autonómicas y locales de nuevo se gestó desde la intelligentsia bajo una premisa básica: manchar la marca Podemos lo menos posible para llegar a unas generales como una marca blanca con nivel de rechazo bajo y nivel de adhesión alto, transversal e interclasista. Eran aquellos maravillosos años en los que Iglesias sonreía cuando le decían que un porcentaje de voto de Podemos bebía de ex votantes del Partido Popular. Eso era centralidad e interclasismo. El partido de la gente.
Para afrontar las municipales se traza una arquitectura de siglas y marcas instrumentales a modo de franquicia territorial que permite visualizar un cierto éxito en Barcelona y Madrid. La jerarquía de Madrid es experta en ciencia política y sabe que el arribismo es el mayor problema de un partido con demasiado crecimiento y pone aduanas a los turistas políticos. Las listas autonómicas sí que son de Podemos pero su actividad nacerá capada. Aún hoy, por ejemplo, Podemos no forma parte del gobierno de la Generalitat Valenciana, una cosa ciertamente inexplicable si no es desde el prisma de evitar el desgaste de la exposición a la crítica de gobierno. 

Toda esa estrategia está medida para manejar los niveles de rechazo desde la moderación de un mensaje tranquilizador (socialdemócrata) de "no somos el lobo" y los niveles de adhesión mediante los resortes emocionales clásicos de la épica izquierda (ilusión, futuro, vanguardia, cambio y entusiasmo). Todo el trayecto se hace difuminando el corpus ideológico, limitando la agenda temática a la agenda de la indignación, y gestionando la comunicación mediante la ruptura de agenda mediática con el terremoto de etiquetas políticas de Barrio Sésamo sobre "arriba y abajo". Hasta ahí se detectaba el laboratorio de ciencias políticas de la Complutense. 

Podemos y sus marcas satélites afrontan las generales ya con algunas hipotecas. Las principales son territoriales. Sus marcas locales son difusas y no están seguros de adherirlas a la ola del Podemos que habían previsto. Ese sucesor del PSOE, un partido socialdemócrata, reformista, unido, cohesionado y centralizado. Entonces se produce el derrape. 

Podemos derrapa hacia su origen. Iglesias y Errejón (Monedero ha desaparecido) saben el secreto de Maquiavelo. La política es básicamente la gestión del poder y el poder -textualmente- se asalta. El bunker de la Complutense sabe que uno de los defectos del ADN de la izquierda es la dispersión así que arman un engranaje de agregador de contenidos -muy de la era internet- que aún hoy perdura. Es una estrategia que consigue su objetivo: agregar contenidos. Suman pero lo hacen con cierto acento territorial. El perfil identitario -que estaba ausente en el Podemos inicial- aparece con cierta fuerza lo que sitúa a Podemos ya en el eje clásico español, es decir, territorial + ideológico. Además sus pactos postelectorales lo hacen todavía más deudor del eje clásico. Solamente pacta con partidos de izquierda lo que impide su indefinicion. Dejando aparte el desembarco mediático Podemos también ha ido haciendo que sus decisiones necesariamente lo sitúen en el tablero. 

El agregador funciona pero sin convertirse en sinérgico. Los votos caen en las urnas pero no son suficientes para seguir instalados en una cohesión basada en la propuesta y el futuro. Las costuras chirrían. Compromís se va dos veces al grupo mixto y los Podemos periféricos se agrupan en un grupo propio. Ya no se sabe si hay un Podemos o varios Podemos. La entrada de Izquierda Unida densa todavía más el eje clásico. 

Dicen que en política y en la vida hay un tiempo para rasgar y otro para tejer. El derrape funciona para rasgar; consigue resituar al resto de contendientes; consigue generar inquietud y desasosiego; consigue crear ilusión y entusiasmo. Las bases impulsoras de cualquier campaña funcionan, la arquitectura de naipes del patchwork político de la izquierda suma, incluso lo acaba haciendo con Izquierda Unida. Podemos hace que el resto ocupe su órbita grabitatoria. En eso puede que consistiera la centralidad. 

Sin embargo, el derrape no sirve para tejer después de cada contienda electoral. Cada nivel del castillo de naipes del agregador podemita depende de su nivel inferior. En otra época, no hace más de un año, Rivera e Iglesias podían entenderse como el eje del cambio. Hoy en día se excluyen e impiden la gestación de un gobierno tripartito Ciudadanos-Podemos-PSOE. 

Y la causa es el eje identitario, más que el eje ideológico. Un eje identitario que no es fundacional en Podemos. Las posiciciones identitarias postmaterialistas en España (nacionalismos-regionalismos-comunitarismos) son muy fuertes y limitan cualquier otro movimiento. Podemos ya no sabe sobre quien tiene ascendencia. En un viraje fuerte hacia el centro no sabe cuál sería su ejército. Su cohesión sigue estando en el "no". El intento de evitar que el PP de Rajoy siguiera en la jaula de la Moncloa. España busca un nuevo macho alfa pero Iglesias se encuentra con que no puede contar sus efectivos. La maniobrabilidad de Podemos se limita a mirar por el espejo de la izquierda y eso le hace abandonar la tan ansiada centralidad. Su posicionamiento de guiño identitario le hace sospechoso de fracturar España, como si España no estuviera ya fracturada. Eso configura a Podemos como partido tóxico para pactos. Un partido que mancha. 

El día que derrapó Podemos sentó las bases del actual bloqueo. Ahora se ve abocado a defender una ensalada de partidos, justo lo contrario de lo que siempre quiso cuando Iglesias dijo aquello de "hemos venido a ganar". Ahora la cuestión es ¿y qué pasa si no se gana? 
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jueves, 1 de septiembre de 2016

La prepolítica

El bloqueo político en el que ha entrado España exige elevar la mirada y manejar la perspectiva. Volver a lo esencial es un ejercicio básico de introspección en un mundo de carreteras secundarias y derivadas que confunden lo dorado con el oro. La sofisticación política se ha convertido en una careta que convierte a la persona en personaje y la fiebre del voto aluniza contra el escaparate de lo aparente. 


En ese contexto conviene recordar la prepolítica. La prepolítica es el conjunto de valores previos a la ideología que un colectivo debe atender antes de ejercer sus propias ideas y propuestas. Son condiciones necesarias y suficientes. Son requisitos sine qua non para poder aspirar al puesto. La artimaña no se puede imponer a convivencia más allá de titulares sobre intereses de partido e intereses generales. Repasar lo básico es la raíz de cualquier solución sensata.

La prepolitica es lo que va justo antes de la política. Las cualidades que deben atravesar cualquier formación. La izquierda política actual parece no cultivar la prepolítica y se encuentra más cómoda en la contabilidad de los votos, la ideología de laboratorio, agrupados en un eterno "no", escondidos tras una cortina de testimonios, empachados de propuestas de eslógan, instalados en la épica de la protesta. La derecha se ha inhumanizado bajo una montaña de cifras, convertida en una marioneta del dinero, subida a lomos de la soberbia, apisonando las minorías, adorando el becerro de oro de la riqueza especulativa, confundiendo el avance con el progreso.

Quizá haya llegado el momento de repensar en qué consiste la prepolítica.


  • Responsabilidad. La responsabilidad es la madurez de saber que todo tiene consecuencias. Hacer o no hacer tiene consecuencias en una interacción constante. Deshacer puede ser una opción positiva cuando lo que se ha hecho ha traído consecuencias negativas o puede ser un cataclismo de destrucción de la arquitectura social. No hacer puede ser una opción de templanza y prudencia o la indiferencia frente al drama. Hacer puede ser un avance o un retroceso. La cuestión es que la responsabilidad te obliga a conocer todo el abanico de consecuencias que tiene tu hacer, no hacer y deshacer.
  • Seriedad y rigor. La seriedad tiene que ver con la solemnidad pero también con el realismo. La inmediatez es el primer paso del horizonte. La seriedad es una huida de la política de lo lúdico. El rigor incluye la solidez de una base argumental, la construcción de un andamiaje pedagógico, la brillantez de la creatividad radical, la innovación sostenida, la sobriedad en el planteamiento, la vehemencia en la exposición. La política es una biblioteca argumental más que un circo de opiniones. Superar al rival es desbordarlo en conocimientos, sacudirlo de preguntas y ponerlo frente al espejo. 
  • Lealtad. La lealtad es un espacio de intimidad política y certeza. La lealtad incluye una cierta previsbilidad no sometida a votación. La lealtad es discreta, más translúcida que transparente. La lealtad es un entusiasmo compartido. Una convicción de rescate. La lealtad es resultar confiable, es una fidelidad sensata. Ser leal la firmeza de aceptar las espinas de las rosas políticas de un pacto. Aceptar el desgaste de la gestión de los damnificados. 
  • Influencia. La vocación de la política es la de gestionar el conflicto de intereses social favoreciendo la convivencia. La influencia es el vector básico de trabajo. La influencia puede ser total (con mayoría absoluta) o parcial (minorías diversas). La capacidad de influencia sobre el tablero es lo que mide tu contribución a lo colectivo. La misión es influir en todo lo posible bajo tu perspectiva de mejorar el mundo. Manchar con tu pintura todas las paredes posibles al precio de la vocación de servicio, una contribución a reducir el caos global. 
  • Temporalidad. Lo efímero es innato a las personas. Solamente las ideas básicas permanecen. Todo tiene su propia narrativa. Confundir la obtención de votos con los buenos resultados es un error. Los buenos resultados lo son cuando tus acciones políticas tienen incidencia en el mundo. Las ideas son útiles cuando transforman su espacio social. Las personas y las siglas pasan, sus contribuciones permanecen en las columnas de la arquitectura social. 
  • Equilibrio. El equilibrio es entender que la parte no es el todo. Que un lado de la balanza existe porque hay otro lado de la balanza. Comprender la diversidad y gestionarla desde la aceptación de lo antagónico es el laberinto más complejo de la política. Asumir lo mayoritario desde la minoría y asumir lo minoritario desde la mayoría. Completar un puzzle donde nada tiene sentido si no están todas las piezas en el tablero. 

Entender la prepolítica ayuda a levantar la mirada. La política es la combinación de tus votos con los del resto. Cuando no hay imposición hay negociación. La prepolítica ayuda a acudir a la negociación con una brújula certera. Saber donde está el norte para no perderlo nunca de vista. 
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miércoles, 31 de agosto de 2016

La Forja del fútbol social

En el Puerto de Sagunto de los ochenta sobrevivir incluía una inmersión de humo en unos recreativos donde solo mirar era la opción más rentable. Nuestros padres luchaban por mantener su empleo intentando evitar el cierre de los Altos Hornos. Llevar un reloj calculadora estaba de moda a pesar de que apenas calculábamos nada. Los altos tipos de interés alimentaban las cuentas de una caja local que nos regalaba un equipaje de España y una carpeta verde para ir al colegio. Los Rotring luchaban por sustituir la pureza nostálgica de la pluma. La calle era un espacio conquistado por los niños. El imperio de los coches no había llegado. Los quioscos tenían una pared libidinosa y otra informativa donde se incrustaba El Caso para recordarte que el peligro siempre estaba en la portada. Y el fútbol se abalanzaba sobre nosotros con un mundial servido poco después de un golpe de Estado. Era una España que ya soñaba con Europa pero que distaba mucho de serlo. 




En aquel Puerto de Sagunto cada descampado era un estadio. Dos piedras servían de palos y el larguero dependía de la altura del portero. No te convenía elevar la pelota para no asumir el riesgo de una eterna discusión sobre la altura de la portería. Las zapatillas duraban un par de meses y las marcas no estaban en inglés todavía; la sed se combatía en los lavabos de los bares y las rodillas sangraban con tanta frecuencia que ya nadie se preocupaba.

En ese pequeño mundo sumergido e impermeable la única solución era concebir el fútbol como un elemento social de cohesión e integración. El fútbol como fenómeno inclusivo consiguió aplazar las adicciones de muchos, aplacar sus dolores más internos y completar las expectativas de otros. Dicen que la segunda generación de inmigrantes tiene problemas de identidad. El Puerto de Sagunto siempre tuvo una segunda generación de inmigrantes sin identificar. La Factory Town era un macroproyecto de fútbol de clase obrera donde todo se mezclaba.

La única opción era el intercambio local. Los mayores jugaban en la calle Asturias o en el Fornàs. Los pequeños jugábamos en el campo de La Forja. Había tantos niños involucrados que se podía hacer una liga. Era difícil encontrar alguien que no jugara al fútbol. Nos conocíamos por el nombre y el equipo. Supongo que yo era Carlos el de La Forja pero había nombres con el apellido del Casino, del CPO, de los Once Leones, de la Esperanza, y tantos otros derivados, escisiones...
Éramos nosotros y nuestro equipo, nuestro espacio primario de identidad, nuestro primer escalón de convivencia. Eso era el fútbol social, un lugar en el que convivir; una escuela de la vida; un voluntariado de educación deportiva; un marco de integración.

El fútbol social llegó a existir, tenía sentido en un lugar sin pijos donde no había césped ni natural ni artificial. El campo no era de nadie, el campeonato era una improvisación de arquitectura voluntaria, los registros de puntos, goleadores, tarjetas eran trazos de una intención de rigor. 
En el fondo nada de eso era importante, lo importante era el campo como catalizador de inquietudes, como imán de vocaciones, como biombo de separación de la realidad de una reconversión industrial que nos ponía frente al abismo. O un dique de contención frente a un mercado de nuevas sustancias evasivas que destrozaba vidas frente de tu casa. Y siempre un lugar de distracción, ilusión, entusiasmo, pasión y esperanza.

Por eso a nadie le importaba que las líneas estuvieran torcidas. A nadie le importaba que las medidas fueran los pasos de quien asumía la tarea. A nadie le importaba que las redes estuvieran rotas porque solamente servían para embellecer el gol de un niño que estando allí no estaba en otra parte.

Todo fue gracias a la generosidad de gente entregada, con más voluntad que conocimientos todavía, que buscaban camisetas y las guardaban, que rellenaban fichas que nadie podía falsificar porque nos conocíamos todos. El arbitraje era una maestría de la vida, un voluntariado de disciplina básica y abrazos en forma de tarjeta amarilla. Todo se formaba mediante una tela de araña milagrosa, un castillo de naipes con la resistencia del acero que fabricaban nuestros padres.

En aquel campeonato de La Forja todo era duro. El campo era duro, tenía más sentido jugar con zapatillas que usar botas pero el disfraz nos parecía imprescindible para aparentar lo que queríamos ser. El balón era duro, tan duro que elevarlo era una especialidad y rematarlo un atrevimiento. Las patadas eran duras, pero todavía no habían desembarcado masivamente las espinilleras. Las medias bajas seguían siendo el símbolo de la valentía, de la ausencia de miedo, del despojo irracional de la protección, de la naturalidad del riesgo. Como lo era toda nuestra vida. No había luz artificial con lo que nuestros ritmos eran tan urgentes como el atardecer. No había vestuarios lo que convertía nuestro equipaje en nuestra ropa. Y sin embargo funcionaba.

Pero allí fue donde crecimos. Aprendimos a negociar la altura del larguero. Aprendimos a asumir una función concreta. Aprendimos a comprometernos con lo colectivo. Aprendimos el respeto por el rival. Aprendimos que las caídas duelen para obligarte a levantarte. Aprendimos que todo el mundo es como se comporta en el campo. Aprendimos que nuestro primer carnet de identidad era una ficha deportiva con un sello imaginario, nuestro primer pasaporte para salir de casa. Aprendimos que el significado de rival y adversario acabaría pareciéndose al de compañero. Aprendimos que lo colectivo tiene vida propia más allá de la agrupación de individualidad. Aprendimos que la ayuda es un camino de doble recorrido. Aprendimos la impaciencia de esperar a salir, de calentar. Aprendimos que el sábado es solamente la función de un guión que se escribe entre semana. Aprendimos que la constancia y el esfuerzo son un trayecto que te lleva a todas partes.

Por aquel entonces nadie soñaba con la gloria. Solamente soñaba con divertirse un poco más, con un puente hasta insertarse en la vida obrera de un pueblo obrero. Quizá aplazar la conexión con la tierra pero no viajar al espacio galáctico. Éramos niños inmersos en un campeonato donde todos acabábamos siendo campeones.
Ahora entiendo por qué nos daban una medalla a todos cada vez que acababa la temporada. Era su manera de recordarnos que habíamos crecido ardiendo en la forja del fútbol social. 
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Sector 27 / Ya no se hacen traidores como Pedja

Los medios de comunicación se afanan en encontrar inquisidores por Valencia para obtener una declaración contra Paco Alcácer. La narrativa del periodismo deportivo moderno se inspira en la ficción de una nostalgia apagada de cuando las cosas pasaban de verdad. Ahora todo es una especie de videojuego inanimado, una realidad virtual de cotizaciones futbolísticas, una colección de cromos inacabable que cada año cambia por completo.




Quieren hacernos creer que Paco es un traidor. Un traidor al que se le murió el padre en Mestalla. Un traidor que respira césped de Mestalla. Un traidor que lleva tatuado el escudo con la aguja de la ilusión de un niño en los campos de Paterna.

Paco se ha hecho mayor y ha visto cómo es el fútbol moderno. Paco sabe que el Valencia es la Pasarela Cibeles de un diseñador de jugadores. Paco sabe que el "Paco no está en venta" no sale del corazón sino que es una pose negociadora. Paco no puede ser el palo mayor de un barco donde todo está en venta. El Valencia simplemente es el Cash Converters de España. Paco sabe que en una liga con nombre de banco el único lenguaje es el dinero. En un fútbol sin raices cualquier árbol se cae. En un fútbol donde la gloria se restringe al oligopolio empresarial saltar es la única opción de ponerte en valor.

La épica del fútbol no se hace con efectos especiales. Los verdaderos traidores fueron repudiados sobre un campo de sentimientos fértiles y reales. Nuestro gran traidor siempre será Pedja.
Por aquel entonces el Valencia todavía no era una ETT para futuras estrellas. Aquel Valencia se alimentaba de una base de casa "low cost". Puro ingenio valenciano producto de una escuela montada en la era Tuzón que se limitaba a la captación del talento natural. Así es como somos los valencianos. Era la escuela del "pensat i fet". Para el Valencia de aquella época encontrar un crack suponía un esfuerzo de ingenio, una tortura previa de ensayo y error. Pedja era nuestro hallazgo, nuestro descubrimiento, nuestro tesoro. El Valencia necesitaba un estandarte, un preocupador previo a los partidos, alguien a quien darle el balón cuando nadie sabe qué hacer, un rompedor de ritmos.

La grada de Mestalla se hartaba de ver fichajes de ligas emergentes, el brasileño soñado, el hombre que vino del Este, los eternos argentinos. Pruebas no contrastadas, experimentos de mucho ensayo y mucho error. Sin embargo, Pedja había salido bien. Era nuestro éxito. Pero Pedja era frío. Serbia siempre quiso ser imperial y Pedja era serbio. La grandeza corría por sus venas y el Valencia fue esa primera novia que tuviste antes de hacerte famoso. Y así nos sentíamos, humillados, abandonados, después de habérselo dado todo, nuestro amor, nuestra admiración, nuestro aplauso y nuestro dinero.

Pedja decidió pagar la cláusula. No se fue traspasado por un club que hace cálculos constantes de pérdidas y ganancias. Paco es un activo movilizado material. Pedja era un símbolo. El símbolo de la lucha por encontrar el mapa del tesoro, el boleto de lotería premiado de tanto trabajo de Pasieguito. Pedja era un ladrón con un cómplice. El Madrid nos robaba el suministro de intranquilidad al rival, la esperanza de regate en corto. Debimos sospechar de un jugador que jugaba engominado. Su lugar natural no podía ser un estadio de "provincias". Tenía que acabar en un club engominado, un club pirata que esperaba a ver crecer las flores para cortarlas. Ya lo había intentado con Lubo.

Puede que fuera ese apellido del este de Europa que siempre da un toque de espía de la Guerra Fría. Puede que fuera la sensación de que nunca nos quiso con pasión como nosotros a él. Puede que fuera un intangible de marca de club lo que nos hizo empezar a odiar al Real Madrid.

Lo cierto es que la marcha de Paco ya no resuena en las calles de Valencia como la de Pedja. Porque es difícil ser un traidor a algo que ya no existe. Es dificil ser un traidor a un fantasma. Un club zombie que se retuerce en su tumba de Mestalla. Lo cierto es que, aunque lo intenten, ya no se hacen traidores como Pedja.
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