Yo vendí preferentes

Anoche estuve viendo El Objetivo. Llevo viendo programas de espectáculo informativo todo este tiempo sin intervenir. Y la verdad es que creo que faltan muchos matices y que son matices importantes.

Por ejemplo, nadie explica por qué nacen las preferentes. A mediados de los 90 se produce un cambio normativo que permite a las Cajas de Ahorro expandirse fuera de su territorio tradicional. Es entonces cuando empieza el juego de "yo quiero ser un banco de mayor". Las Cajas y los Bancos empiezan a dar crédito a diestro y siniestro. Pero las Cajas están en "desventaja" en esa locura crediticia por sus características jurídicas. Pronto la patronal de Cajas insiste en que necesitan capital para seguir siendo "competitivos" porque el capital en España ya no era suficiente. Necesitaban más capital para seguir dando crédito. Debe existir una cierta equivalencia entre lo que se tiene -a grandes rasgos- y lo que se presta. Así que acuden a los mercados internacionales -los camellos del crédito de la época- como un yonki crediticio. Para conseguir ese capital la patronal insiste en que hay que crear una especie de "acciones". Esas son las participaciones preferentes y la deuda subordinada. Son acciones porque son porciones de la entidad y cotizan pero no lo son porque no tienen  derechos políticos como por ejemplo estar presentes en el Consejo de Administración. Estaba claro que era el primer paso para bancarizar las Cajas como al final han conseguido. Bueno, bancarizarlas y matarlas a todas. Y ya de paso se han llevado un montón de ahorradores por delante.

Así que la patronal bancaria y el "sistema" en general  -Gobierno de Zapatero y Banco de España incluidos- exige que las Cajas emitan esos productos que consisten en tener una participación de la Caja sin que eso cotice más que en un mercado secundario interno de cada entidad. Así se alimentaba la burbuja inmobiliaria también.

Yo vendí preferentes. Y no se las vendí a cualquiera. Se las vendí a mis abuelos y a mi primo por ejemplo. A gente que quiero en el más amplio sentido de la palabra. La explicación del producto era tal cual la cuenta todo el mundo. Liquidez en 48 horas, penalización baja y alta rentabilidad. He de decir que yo he llegado a ir a la oficina una hora antes para poder teclear ordenes de compra de estos productos por la alta demanda que tenían. Pero hay dos períodos en toda esta historia. Uno más o menos bienintencionado y otro malintencionado. Y eso me parece determinante.

¿Qué era lo que nos ocultaban? A mi también. En realidad casi nada o casi todo. Nadie explicaba que eran porciones, trocitos de la Caja y que si la Caja se iba a pique eran los últimos en cobrar. Lo ponía pero nadie lo explicaba. Por eso las  llamadas estafas de preferentes se refieren a las entidades quebradas y no a las que siguen con vigor como la mía donde con más o menos apuros todo el mundo ha recuperado o recuperará su dinero.

Cuando empieza la crisis se produce un "ligero" cambio. Desde la CMNV -si no recuerdo mal- ordenan que los mercados secundarios ya no sean internos en cada Caja sino que sean globales. Es una explicación de trazo grueso pero para restultar comprensible. Y lógicamente el mercado empieza a ser transparente y cunde el pánico. Las órdenes ya no encuentran liquidez porque nadie quiere comprar uu producto tóxico y las ventas se producen con perdidas hasta que llega un día en directamente no hay ventas.

Esa es la explicación. ¿Los vendimos mal? Los vendimos con la información que teníamos. La que nos dieron nuestros "grandes e inmortales directivos". Eso es verdad hasta un cierto momento. Yo las vendí así. He tenido suerte porque mi entidad ha respondido. Pero a partir de un determinado momento las entidades y las direcciones de esas entidades sí que sabían que era un producto con riesgo elevado. Por eso había que firmar un documento de autorización (MIFID). Y aún así dieron orden de colocación a saco sin mirar pelo.

Eso fue una medida desesperada para salvar entidades que estaban condenadas. Intentaron sacar el dinero a la gente para flotar y hundieron a esos clientes. Y eso es despreciable por más que se escondan. Hay personajes muy importantes que sabían que eso era así y siguieron sacando a los antidisturbios directivos para machacar a los comerciales-empleados de las oficinas- con amenazas como "tu veras si vendes esto, te estas jugando el pan de tus hijos". Y los comerciales-empleados llamaban a todo el mundo para colocar ese dinero donde la entidad lo necesitaba. Sin más. Con mucho miedo y explicaciones falsas eso sí.

En fin, que aquí no hay santos pero sí que hay algunos demonios. Y esos, son inmortales, van saltando de consejo de administración en consejo de administración. Son invencibles. Se ayudan entre ellos. Son la casta dirigente. Mienten y se tapan sus mentiras. Nunca les pasa nada.

Pero lo confieso, yo vendí preferentes. Me fie de mi entidad y me salió bien. Otros no han podido decir lo mismo. 

De negro contra las horas negras en Caixabank


Hoy un grupo de delegados sindicales de CC.OO de Caixabank en el Pais Valenciano y Murcia hemos hecho un acción de protesta durante todo el día. Nos hemos vestido de negro para denunciar todo el trabajo negro que nos obliga a hacer nuestra empresa. Hemos ido a las oficinas de los jefes a visibilizar esas horas que tratan de esconder a los ojos de la sociedad. Son horas regaladas cada día. Jornadas de diez y doce horas que no se pagan. Horas regaladas a la empresa. Horas que la Seguridad Social no cobra en abuso y fraude de ley. Son horas negras. Horas que impiden que se contrate a alguno de esos cinco millones de parados con ganas de trabajar.

Recuerdo que uno de los primeros libros que leí fue Momo de Michael Ende. De pequeño leía mucho en formato comic pero cuando llegaron los libros me costó más. Solamente mundos alternativos, imaginados, me cautivaban. Como si la ficción siempre superara a la realidad. Como si necesitara creer en un mundo diferente. Supongo que todo eso que lees de pequeño acaba por salir en algún momento de tu vida. En Momo existen los hombres grises. Entonces no entendí quienes eran. Años después lo he llegado a conocer. Son altos cargos de empresas. Son mis jefes. Los hombres grises se encargaban de robarle el tiempo a la gente. Eran ladrones de tiempo. Le quitaban tiempo de vida a las personas normales y se lo quedaban. La magía de la casualidad ha querido que conociera años después a un montón de hombres grises. Mercenarios de dinero y prestigio. Ambiciones de poder alquilado. Herederos de la miseria de un montón de pasta. Son ellos. Los hombres grises.

Seguramente estarás leyendo este post con cierta distancia. Al fin y al cabo te estoy hablando de un sector que ha recibido un trato de favor con las ayudas bancarias. Esas ayudas han sido para nuestras empresas. Es verdad. Pero lo cierto es que los trabajadores no hemos recibido ninguna ayuda. El número de oficinas de banco ha retrocedido ya al número de hace treinta y cinco años. El ERE de la banca ha despedido a más de 40.000 personas. Esto no ha salido en la tele. No hemos sido un ERE mediático. El trabajo se ha multiplicado porque para hacer negocio hay que hacer un esfuerzo muy superior. Y cada vez somos menos para atender a la gente. Para el mismo negocio somos las mitad así que nos hacen trabajar el doble. En periodo de fusiones de oficinas, donde antes había dos oficinas con cuatro personas en cada una ahora hay una sola con cuatro y si hay suerte cinco personas.

Seguro que también habrá quien piense que hay problemas más grandes. Es verdad. Nuestros problemas son problemas en minúsculas. Los problemas en mayúsculas son quedarte sin techo donde dormir, no tener para comer o llevar diez años sin trabajar ni tener perspectivas, irte a vivir a Canadá para salir adelante. Por eso no los gritamos. Hoy hemos guardado un minuto de silencio. Silencio por todo el tiempo que nos matan cada día. Tiempo que no cobra la Seguridad Social y tiempo que robamos a nuestra salud y a nuestra familia. Sé que hay mucha gente también sufriendo el mismo mal pero no soy nada partidario de "mal de muchos... " Creo que debemos luchar por una sociedad de felicidad donde no todos estemos jodidos. Debemos seguir luchando por el día de los tres ochos. Ocho horas para trabajar, ocho para descansar y ocho para vivir.

No me gustan los hombres grises. Ellos sabrán si les vale la pena perder su vida a cambio de dinero. Ellos sabrán si quieren que su biografía sea su vida laboral. No creo que hoy hayamos hecho ninguna heroicidad plantándonos frente a nuestra central para protestar contra los ladrones de tiempo. Somos simples sindicalistas. Fuimos niños que jugaban, luego fuimos estudiantes, luego encontramos un trabajo en un banco, somos gente responsable en todas las facetas de su vida, gente joven o no tan joven, gente ilusionada con otra forma de hacer banca. Somos gente que quiere sonreirte cuando entres por la puerta del banco y no estar con el ceño fruncido por las doscientas cosas que será imposible hacer hoy. Somos gente que quiere aconsejarte correctamente lo que más te interesa según tu edad, lo que quieras comprarte o lo que quieras invertir en lugar de mirarte como alguien a quien encalomar un producto que quizá no necesite y ni siquiera le convenga. En banca hay gente así. Todavía hay gente así. Tapada por praxis empresariales erróneas pero con ganas de ser buenos profesionales. Pero es dificil hacer eso cansado, sin dormir, sin descansar, con reuniones que te meten miedo constantemente, con amenazas de despido, con miedo a irte a doscientos kilometros de tu casa mañana mismo, con los nervios de sentirte marginado si no cumples sus reglas del miedo. Miedo, miedo. Así no podemos hacer bien uno de los trabajos más importantes para salir de la crisis. Canalizar el crédito y el consumo.

Nos roban el tiempo cada día. Así sacan sus beneficios negros que luego publican en los periódicos económicos. De las horas negras. Del sufirimiento rentable de sus empleados. Son los hombres grises.

El siguiente libro de Michael Ende fue "La historia interminable". Hoy nos hemos concentrado para visibilizar un problema muy serio, para gritar en minúsculas que este camino trae sufrimiento y errores. Nos hemos concentrado para evitar que la historia de los hombres grises acabe por ser la historia interminable.

No hemos hecho nada especial. Hemos hecho lo que debíamos. Y creo que a nadie se le puede pedir más. Así que cuando mire esa foto dentro de unos años sabré que esa gente era mi gente y que teníamos razón aunque no nos la dieran.

El pozo

Empezó de pequeño con una caja de galletas. Coleccionaba momentos bonitos. Guardó el olor a sacapuntas. Guardó una peonza de oro. El tacto de un balón de cuero. Una mariposa disecada. Una chapa de Mirinda. Tenía que esconder constantemente la caja para que su madre no la tirara. A las madres no les gustan las cajas de trastos. Fabricó un escondite en casa. Detrás del escritorio. Cuando cambiaron de casa se cuidó mucho de conseguir una caja más grande. Allí siguió metiendo el sabor de su primer beso. El color rojo de su timidez. Las notas de selectividad. Una entrada de un concierto. La firma de un jugador mediocre. El sonido de un gol fuera de casa. El suspiro de una mirada entre clase y clase.
Siguió acumulando momentos bonitos. Y los guardaba en secreto. No conocía a nadie que coleccionara momentos bonitos. La mayor parte de la gente los tira a la basura y deja al azar su memoria. Él no. Él sabía lo quería recordar y lo que no. No estaba dispuesto a dejar morir recuerdos porque otras personas lo hicieran. Los momentos bonitos mueren solamente si los entierras. Y sobreviven si los cuidas. Como una especie de jardín secreto que hay que regar. Un invernadero de semillas del pasado que crecen cada vez que las admiras.
Así que cuando se compró aquella casa hizo una falsa pared. Tenía tantos recuerdos que necesitaba ya una habitación entera. En la nueva oficina en la que trabajaba estaban tirando el mobiliario antiguo. Y vio aquellas cajas de seguridad y pensó en salvarlas y ponerlas en su desván secreto. Que mejor manera de guardar un secreto que en el lugar en el que anidan los secretos. Se llevó a casa las cajas de seguridad. Una estantería completa. Compró espejos pequeños y los puso al fondo de cada nido de recuerdos. De esta forma cada vez que lo abría se veía a sí mismo reflejado. Y se entendía un poco mejor.


Fue por aquella época que la conoció a ella. Se enamoraron. Locamente. Quizá no haya otra manera. Los dos tenían un trabajo estresante. Sin tiempo para tener tiempo. Un trabajo que les daba mucho dinero para comprar momentos fugaces. Postales de viajes de lujo. Ella era ambiciosa y quería más. Una casa más grande. Un coche más potente. Ropa más cara. Compraban instantes de felicidad artificial. Compraban el presente y alquilaban el futuro.


Él nunca le había contado nada de su desván secreto. Y ya no tenía tiempo ni de subir a oler a sacapuntas o saborear su primer beso. La casa se pobló de muebles traídos de lugares lejanos. Cuadros de autores conocidos que él no conocía. Incluso un sillón en el que no te podías sentar.


Quiso comprar algo de calma. Una casa en mitad de la nada. Una antigua casa que ahora se llama rural. La rehabilitaria y allí podría alquilar algo de silencio, hipotecar algo de paz. Aunque fuera soñar despacio. A ella le pareció bien. Todo lo que fuera acumular le parecía bien.


En el traslado llevó en cajas su colección de momentos bonitos. Estaban precintadas. Las fue llevando en su coche. Y las iba apilando hasta encontrar un sitio mejor. El silencio les sentaría bien. Aquellos momentos necesitan calma para sentirse vivos. Se oiría el eco de las lágrimas que guardó al dejar a su primera novia tan injustamente. Cayendo una a una. Se escucharía chasquear una piedra de la playa contra la inoportunidad de las olas del mar.
Ella había encargado una cómoda especial con espejo. Era de madera de África. El espejo era indio con un borde dorado. Acompañó al transportista hasta la casa nueva para cuidar de su correcta ubicación. En el rincón que quería. Una vez colocado pagó una buena propina al transportista y se sentó. Se miró en el espejo y el silencio le pareció tan aburrido. Se giró y vio unas cajas. Las abrió y solamente encontró trastos pequeños. Alguna entrada de algún concierto, alguna cinta de cassette, una chapa inservible. Eran objetos pobres, sin valor alguno, incomprensiblemente supervivientes de una época pasada. Esa adicción a la nostalgia de él nunca le había gustado. Siempre guardando camisetas y estupideces. La apología de lo nuevo había encontrado su más feroz enemigo en aquellas cajas. Cogió la primera caja y salió por la puerta. Enterraría todos aquellos objetos pero seguro que él buscaría por todas partes. Los quemaría. Necesitaba el perfecto cementerio de los momentos bonitos. Y lo encontró. En la parte de atrás de la casa había un pozo. Y allí fue lanzando uno a uno todas las cajas que fue encontrando. Todas y cada una.
El fin de semana siguiente compraron unas horas de calma en el supermercado del tiempo de las personas ocupadas. Y fueron a la casa. Las cajas no estaban. Él preguntó. Ella dijo que las había tirado. Él siguió preguntando. Ella no respondía. Discutieron. Mucho. Todo. Siempre. Le había arrancado sus recuerdos de cuajo. Él se fue llorando y diciendo que no quería volverla a ver nunca más. Se sentó en la parte de atrás de la casa. Allí pudo oir un último sonido. El coche arrancaba y se iba chirriando rueda. A toda velocidad. Viviendo deprisa. Después se hizo el silencio. Calma absoluta. Una nube de paz. Un masaje de tranquilidad.
Sintió sed. Se levantó. Metió el cubo hasta el fondo. Lo subió. Bebió un trago. Y notó un olor a sacapuntas. Volvió a bajar el cubo. Al caer le pareció oir la música de aquel concierto. Volvió a subir el cubo. Bebió otro trago. Y notó el sabor de su primer beso.

Valeria




Le dijo que esperara a que llegara él. Pero ella siempre fue impaciente y un poco desobediente. Siempre acaba haciendo lo que le da la gana y eso a él le crispa desde el principio.
Llevaba toda la mañana pensándolo y ya no podía más.


Llevaban ya dos años juntos. Se conocieron por intuición. En el aeropuerto. Lucharon por un mismo sitio por meter la maleta en un vuelo low cost que les llevaba a Londrés. Después él le ofreció la ventana y ella pensó que nadie cede la ventana así sin más.
Dos españoles en Inglaterra. Fueron quedando por pura huida del miedo a lo recién conocido. Hablaban la misma lengua y pronto acabaron hablando el mismo lenguaje. Para un recién llegado un recién conocido es casi un amigo de toda la vida.
Sonaba uno de esos conciertos de pub ingleses. Tocaban algo de Placebo. Puede que fuera Every you, every me. Lo hacían bien aunque la gente no prestaba mucha atención. Eran pasadas las diez. Las diez y algo. Se decidió a besarla aunque hacía veinte minutos que ella le estaba besando con los ojos.


Tan lejos de cualquier referencia una nota en tu idioma en la nevera es un ancla poderosa. Ya habían pasado dos años. Él había ido enlazando trabajos de poca cualificación. Había sido desollinador de recuerdos. Mensajero de buenas noticias. Cantante de óperas primas. Socorrista de penas ahogadas. Timonel de barcos a la deriva. Ella lo tuvo algo más fácil. Fue institutriz de promesas y hacía poco que trabajaba de costurera de corazones rotos. Se ganaban la vida bien. Lo suficiente para no pensar en volver a España donde no había trabajo para ninguno de los dos. Ella era Licenciada en Antropología y él era periodista.
La vida pasaba sin segundero. Así, un poco a grandes rasgos. Un piso pequeño y una vida pequeña en una ciudad demasiado grande. Ella salpicaba el mundo de manchas de ilusión nada más levantarse. Él hacía magía por las noches cuando volvía de trabajar. Dormían juntos y compartían sueños. Él diseñaba un guión antes de acostarse. Y ambos se comprometían a soñar lo mismo. Era un contrato sin firma. Manchado de un café rápido que llego tarde. Con borrones y cuentas nuevas. Un contrato indefinido. Un compromiso de paciencia. Un pacto de diversión. Salpicado de lágrimas. Escrito con pintalabios. Firmado a mano alzada.

"Dos años ya" pensaba ella. No lo había podido evitar. Es impaciente y un poco cabezota. Lo abrió. Leyó las instrucciones y esperó cinco minutos. Justo en el momento en el que se oían las las llaves en la puerta. Lo miró y vio dos lineas rosas. Eran las diez y cinco. Miró hacia abajo y vió como su ombligo sonreía. Y él nada más entrar pudo ver la primera sonrisa de Valeria.

La señal

Tres meses. Tres meses de tratamiento. Y no se pudo hacer nada. Todo pasó en tres meses. Era joven. Relativamente joven. Treinta y cinco es muy joven para morir. Solamente tuvieron tres meses para despedirse. Para hacerse a la idea. Especialmente desde que le dijeron que no había remedio y ella decidió dejar de luchar. No se rindió. Simplemente no tenía otro remedio. Pero verla apagarse poco a poco aquella luz. Ver enmudecer aquel murmullo constante. El perfume sonoro de su casa. Ver atardecer su sonrisa fue demasiado para él. Ella se encargó de construirle un futuro. Quería dejarlo todo arreglado. Pero él no era tan fuerte como ella.


Las conversaciones eran cada vez más duras. Demasiado duras. Ella insistía en diseñar el futuro. Él no quería pensar en lo impensable y quería evitar lo inevitable. Hablaban de todo. De toda la educación de la niña. De sus colegios, de sus institutos, de sus habilidades, de conservar el recuerdo de su madre. Grabaron horas de vídeo para cada cumpleaños de su niña. Cada año debía ver una grabación de su madre. Era la manera de asegurarse que no olvidaría algo que nunca podría recordar por pura edad biológica.


Hablaban durante horas. De todo. Ella insistía en que él debería rehacer su vida. Encontrar una chica que le quisiera y también a la nena. Él no soportaba esas conversaciones. Y ella le hacía callar. Le hizo prometer que se volvería a enamorar y ella le dijo que le ayudaría a hacerlo. Le prometió que le haría saber quién era la elegida. Le dijo que ella seleccionaría a la persona que le haría feliz el resto de su vida.


Él se hundió como un barco lleno de lingotes de hierro oxidado. Rompió todas las promesas. Se escondió en la melancolía. Llevaba un año así desde que ella se fue para siempre. Quizá fuera año y medio. Y que más da. La niña ya no preguntaba por su madre. Se acercaba su cumpleaños y le tendría que enseñar otro vídeo. Se sentaron los dos. Él puso la tele y salió ella. Le preguntaba cosas a su hija. Le contaba que la echaba de menos y que allí se estaba muy bien pero que le hubiera gustado cuidar de ella más tiempo. Que lo sentía. Que no era culpa suya. Que ella quiso ser una buena madre pero la naturaleza se lo impidió.


Entonces cambió el tono y le preguntó a él.
- Ya te has enamorado?- Recuerda que me prometiste que te enamorarías. Ya sabes quién es? Yo te lo diré en cuanto pueda.


Esa noche salió. Últimamente salía muchas noches. Se bebía de un trago el miedo. Bebía y bebía. Quería que las heridas cicatrizaran por dentro. El alcohol hace extraños compañeros de cama. Era más joven. Bastante más joven. Al menos parecía bastante más joven. Quizá por su aspecto delgaducho y pálido. Esa noche acabaron en la cama. Echaron un polvo inacabable e inacabado. El alcohol es áspero para el sexo. La luz del día era casi insoportable. Ella debíó beber menos. Bastante menos. Él abrió un ojo con la sensación de que el párpado era el único músculo que podría mover ese día. Ella se miraba en el espejo. Se había recogido el pelo. Y entonces lo vio. En el mismo sitio. La misma forma. Era exactamente igual. Tan igual que parecía increíble. Era exacto. El mismo. No había duda. Era el mismo tatuaje en el mismo sitio que el que llevaba su mujer.


- ¿Cómo te llamas?
- ¿No te acuerdas?
- No. Lo siento.
- Elena.
- Elena ¿quieres casarte conmigo?

El instante del conejo

Alicia: ¿Cuanto tiempo es para siempre?Conejo blanco: A veces solo un segundo


Ya era casi la hora. Como mucho faltarían tres minutos. Siempre pasa a la misma hora. Todavía no hacía ese calor asfixiante del verano mediterráneo. Los todavía son muy bonitos porque son una advertencia del presente hacia el futuro. Se dio la vuelta en la cama para poner la cabeza en los pies. Fue su primer gesto de locura del día. Había soñado toda la noche pero no recordaba más que partes del sueño. Hoy no había que ir a trabajar.
El sol estaba alto ya. Debían ser casi las nueve.
Como mucho faltarían dos minutos. No más. La pereza pesaba en las pestañas. Los ojos entreabiertos. Miraba las azoteas de los edificios a la búsqueda de un ático sin techo. Las cortinas se movían y le hipnotizaban. La luz de la mañana se posaba en su pelo despacio. Reposaba entre las sábanas. La mañana entraba poco a poco en su vida. En un parpadeo fabricó un sueño de madera. Era una puerta grande, gigante, para entrar a una casa nueva que era vieja.


Como mucho faltaría un minuto. Y ya decidió levantarse. Sabía que él pasaba todas las mañanas menos los domingos. Pasaba a eso de las nueve de la mañana hacia alguna parte viniendo de otra parte. No sabía apenas quien era. La primera vez que lo vio estaba asomada a la ventana. Mirar por la ventana es una costumbre que se ha perdido en las ciudades. Ella lo hace una vez cada día y cada noche. Por la noche lo hace para mirar las estrellas y para mirar las vidas de los demás por sus ventanas. Es un mosaico con las vidas chiquititas y normales parecen extraordinariamente increibles. Al levantarse también se asoma a la ventana para decirle hola al mundo. Y un día lo vio a él pasando por la acera. Iba rápido. Casi siempre va rápido como el conejo de Alicia en el País de las Maravillas.


Se levantó y se asomó a la ventana. Ya son las nueve. La luz de la mañana deslumbraba el cristal de una ventana que se abre. El ruido entra. Ella sale. Se asoma. Mira hacia abajo. Pero no le ve. No está en toda la calle. La calle está llena de gente pero vacía de importancia. Es una serpiente multitudinaria. Hay coches, bicis, hay taxis, hay gente pero ni rastro de él. Pasaba cada mañana. Todas las mañanas del último mes. Y hoy no ha pasado.


Cerró la ventana. Cesó el ruido. Corrió las cortinas un poco. Y volvió a tumbarse a soñar a los pies de la cama. Decepcionada por una rutina rota, un sueño partido y una colcha arrugada.


Sonó el timbre. No esperaba visita. Sus padres están lejos. Su hermana no venía este fin de semana. Piensa en no contestar. Será publicidad. Y sigue soñando y mirando a la ventana.


Vuelve a sonar el timbre. Esta vez arriba. En su puerta. Se levanta rebelde contra esa causa. La interrupción no es bienvenida. Nadie debería interrumpir un sueño a los pies. Se levanta con sus calcetines puestos. Se arregla las coletas. Y abre.


El instante del conejo saltó como una alarma del despertador. Era él. Estaba en su puerta. Llevaba la chaqueta azul que siempre lleva. Abrió la puerta de par en par y dijo.


-Sí?
- Traigo un paquete para....
Ella lee la etiqueta antes que él.
- No es para mi. Vive arriba. Te has equivocado.
Se hace un silencio incómodo. Hasta que él decide romperlo.
- Si el paquete es para el piso de arriba. Pero no es verdad. Yo no me he equivocado.

La manzana mordida

A Eva nunca le gustó el paraíso. La manzana poco tuvo que ver en toda esta historia. Nunca le gustó dormir a la intemperie bajo las estrellas. Prefería dormir bajo techo. Por eso mordió la manzana; para precipitar los acontecimientos pero no quiso ni siquiera probar su sabor. Adán no estaba de acuerdo pero poco importó.

Eva estaba decidida a renunciar al paraíso para vivir una vida terrenal. Lo banal le pareció más real que lo sagrado. La tentación siguió viviendo arriba para siempre. Fueron expulsados de sus sueños. Quién deja de perseguir sus sueños pierde el derecho a soñar.

Desde entonces ambos son felices de segunda categoría. Adán ha abierto una tienda de secretos de segunda mano. Compra pequeños secretos, los arregla y los vende por más dinero. Así se gana la vida. Es feliz en el mundo ordinario pero todavía recuerda aquellos tiempos del paraíso cuando el sol regaba con rayos de ternura su piel. Cuando todavía Eva le quería.

Eva también es feliz. Aplastada por la lógica pero es lo que siempre quiso ser. Compró decisiones en el mercado secundario y le dan una renta pequeña pero segura. Ahora es funcionaria de prisiones en el módulo de los filántropos. Allí viven encerrados todos los condenados por generosidad. Vive  una vida sensata y cabal donde cada día sucede algo parecido a un futuro perfecto de subjuntivo. Su marido es alérgico a las manzanas desde que descubrió un gusano en una de ellas.

Dios asiste al espectáculo sentado sobre una piedra. Está triste porque le costó mucho que se conocieran y se enamoraran. Una lágrima se desliza por su mejilla. La lágrima refleja como una película que se desvanece lo que pudo ser una vida extraordinaria y se quedó en simplemente una vida. Adán llama de vez en cuando para preguntar si ha vuelto. Escucha sus propios mensajes en un contestador automático. Y ya no sabe si tiene un recuerdo o el recuerdo de un recuerdo.

Eva hace años que no desea nada para no conseguirlo. De vez en cuando se escapa y se abraza a una gran manzana. Una manzana mordida. Una manzana incompleta. Como su vida.

Ella es aire


Era capaz de comprimirse tanto que cabía en una botella junto a un barco. Si la tapabas si quedaba allí a merced de las olas imaginarias durante un tiempo; cuidando de los náufragos contándoles cuantos para irse a dormir. Pero nunca le ha gustado estar comprimida dentro de nada. Al menor agujero se escapa y se expande hasta ocupar toda la estancia. Es como su recipiente. Cambia de forma y se mueve. Puedes tener la oportunidad de olerla y saborearla pero casi nadie la ha visto así, como es. Como aire.

Piensa en colores. La vida es un pantone. Un arco iris tras la lluvía. Para ella las cosas que nos pasan son azul celeste o magenta oscuro. La energía se le acumula dentro y le sale por los ojos en forma de brillo. En sus pupilas hay un cinexin que proyecta dibujos animados desde la sala de su mente.

Le gusta conocer lo desconocido. Tiene la curiosidad de una mariposa en un campo lleno de flores. Coge cualquier antorcha y se interna en una cueva para descubrir que en realidad era bella solamente porque era desconocida. Se cuelga de las lianas para viajar a la deriva. Se pelea con la geometría variable. Y juega con la lava volcánica antes de que se enfríe.

Si intentas atraparla se escapa. Se escapa por cualquier pequeño poro. Si intentas hundirla; flota. Si intentas atarla al suelo se eleva al cielo dentro de un globo. Solamente es ella cuando es libre. Entonces se queda contigo en forma de aroma.

Los dueños del fuego la temen, los amantes de la tierra se esconden al verla. Solamente los guerreros de la lluvia la entienden. Entienden que seducirla es admirarla.

Desde pequeña sabía que tenía un don. Usar el aire para hacer feliz a la gente. Cada vez que saca el aire que lleva dentro purifica el mundo. Puede soplar las velas justo el día que no es tu cumpleaños. Así consigue convertir tus deseos ocultos en sueños verdaderos. Puede suspirar y hacer que una niña sonría. Puede silbar y poner un tren en marcha. Cada vez que sopla el mundo cambia.

Estaba tumbada en el suelo aquel día. Cuando saqué la cámara. Sopló levemente. Y empezaron a salir palabras. Las fue moviendo hasta que escribió una frase sin sentido. Air loves flying.
Recogí las piezas y perdí.

El amante perfecto




Tan discreto que era capaz de no existir cuando ella se lo pedía. Loco como un globo sigiloso lleno de  ilusiones de confeti. Locuaz como un actor sin guión bajo una sábana. Paciente como el mar con la arena cuando las olas parecen tener prisa. Travieso como un juego tramposo y solitario. Tierno como un minuto de dulzura. Detallista como un arquitecto de la sonrisa.
Se alejaba de ella cuando se quedaba sin sitio pero seguía mirando la luz desde mar adentro. Ella sentía su deseo entre las piernas cuando la tomaba con la urgencia de una estrella fugaz que moría en el mismo instante en el que brillaba. Cantaba a susurros bajo su ventana la versión disléxica de Romeo y Julieta. Coincidían en citas casualmente preparadas para resultar furtivas y excitantes. Le escribía cartas de amor con tiza en las paredes. La abrazaba de lejos desde el otro lado de una multitud de sombras sin luz.
Después de tantos años casados lo perfecto seguía seguir siendo amantes. Por eso decidieron ocultarle a sus hijos que su madre tenía un amante. Un amante perfecto.

La sonrisa de plástico



Era tan bella. Tenía una sonrisa tan serena y permanente. Su piel era tan tersa y suave. Se enamoró desde el primer momento. Lo hizo por su extraordinaria capacidad para escuchar, por su discreción y la elegancia de sus movimientos. Sabía estar en cualquier parte y el paso del tiempo la convertía en más bella todavía. Vestía siempre a la última moda, perfecta para cada ocasión.
Se enamoró nada más verla en aquel escaparate y acudía cada día a observarla. La miraba. Admiraba sus pómulos marcados, sus pestañas enormes, su mirada profunda. Admiraba sus tobillos excelsos y sus dedos largos dispuesto a entrelazarse con los suyos. Todos los días pasaba un rato en aquel escaparate de aquella tienda pensando que alguien la había diseñado para él. Que un día alguien descubrió el dibujo en su mente y la hizo existir. Simplemente era como si la hubiera soñado. Pasaba cada día un rato allí. Le contaba cómo había ido su día. Le contaba sus secretos sabiendo que ella no le contaría nada a nadie. Y así él volvía a casa sin el peso del aire comprimido en la garganta. Se sentía mejor si la veía una vez al día. Le daba mucha pena todas esa gente que vive sin estar enamorada. Volvió al día siguiente. Era tan bella que prefería que se quedará en el escaparate. Así nunca la perdería y podría verla cada vez que quisiera.
Pero ese día le había sonreído a él. Estaba seguro. Había torcido su sonrisa y había puesto cara de mala. Ese día durmió soñando.

La Chica de la barra del bar

Foto: Txema Moreno. http://txemajmm.blogspot.com/
Después de las reuniones me gusta salir a tomar una copa. El debate político me pone dolor de cabeza. Especialmente de escucharme a mi mismo. Grito demasiado pensando que así tendré más razón. Y me escucho demasiado pensando que así seré más escuchado.
Cuando mi cerebro se acelera se convierte una cámara rápida de ideas imparable. Solamente una copa calma mi sed de hacer cosas a horas en que hacer cosas no debería producir sed.
Así que me acerqué al pub de siempre. Conocer a los camareros te permite tener conversaciones de barra de bar. Los camareros son los psicologos de ir por barra. Pedí lo de siempre. Esteban sabe lo que es.
La soledad de un no fumador es la soledad del lector de periódicos. Me sumergí en titulares mientras saboreaba un vodka agitado pero no revuelto.
Levanté la cabeza a la máquina de tábaco. Y la vi por detras. Pelo corto. Después fue a barra. Deseé ser camarero pero era un simple lector de periódico solo en la mesa del rincón. Se sentó sola. Encendió un cigarro. Movía el mechero en la mesa. Está esperando. Puede que a su novio. Las piernas cruzadas. Sentada en una de esas banquetas incómodas de bar que solo sirven para llegar a la barra. Botas altas. Este entretiempo loco hace combinaciones extrañas. Justamente maquillada. Justamente porque hacía justicia a unos labios instalados en la sonrisa y unos ojos disfrazados de timidez.
Las chicas elegantes siempre me parecen inteligentes. Por alguna extraña razón asocio belleza a inteligencia desde pequeño aunque la edad me desmintió mis ideales. La forma de coger el vaso es tan deliberadamente sutil que apenas parece que el vaso flote mientras se acerca a su boca.
Se gira. Se  ha dado cuenta que la miro. Y tambien que la admiro. Sumerjo la vista en más titulares. Parc Sagunt sigue retrasado. La crisis, Algunos trajes.
Vuelvo a mirarla. Sabe que la miro. Mueve el mechero que con más intensidad. Uñas cuidadas. Manos de niña. Pelo negro. La pierna sube y baja. Está nerviosa. Quizá yo esté fomentando ese nerviosismo.
Si fuera capaz de levantarme. Quizá no espere a su novio. Quizá haya salido sola como yo. Pero ¿què digo? Ellas siempre tienen a alguien. Mira el móvil. Seguro que es un sms de ese chico con el que lleva tonteando dos semanas. Pero él tiene novia. Le gustan los chicos dificiles. Es la manera que tiene de justificarse a sí misma. En realidad le gusta estar soltera. Escribe en el móvil. Está contestando.
Se gira. Me vuelve a pillar. Me gustaría ser el destinatario de ese mensaje pero sólo soy un lector de titulares sin gafas sentado en la mesa del rincón.
Debería ser capaz de levantarme y hablar con ella. Dicen que soy inteligente. Que soy buen conversador. No hace ni una hora no dejaba de hablar. Ni siquiera dejaba hablar a los demás como siempre. Y ahora. Ahora, ahora no sabría qué decir.
Me levanto. Camino unos pasos. Paso cerca intentando invadir su espacio vital lo suficiente para oler su perfume y lo suficiente para que no se enfade. Hago como que voy al lavabo. Conozco ese perfume. Pero en ella huele diferente.
Vuelvo a pasar. Busco su mirada. Ella esquiva la mía. Me siento. Vuelvo a leer titulares sin gafas en la mesa del rincón. A ella le suena el móvil. Sonrie al mirarlo. Descruza las piernas. Le paga a Esteban. Se levanta. Viene hacia mi. Estoy junto a la puerta. Me mira, sonrie y dice: Hasta luego!

Parc Sagunt sigue retrasado. La crisis. Algunos trajes. Cóbrate Esteban.

Alba


Son las doce. Debe ir a la guarderia a recoger a su nieta. Su hija trabaja todo el día. Ella ya está jubilada. Su hija, como ella y como su nieta no necesitan ningún hombre que las complete. Y hoy de camino a todas partes vuelve pasar por aquella vieja pared que inexplicablemente sobrevive al paso del tiempo. Y vuelve a leer aquella frase que alguien pintó un día para que fuera reflexionada para siempre. En los exámenes responda con preguntas.
Pasó el resto de su vida haciéndose preguntas y sacudiendo las respuestas. Se hizo una mujer bajo la bandera de la incertidumbre y el desasosiego. Subida a hombros de una multitud que pasó a ser masa de consumidores. Lanzando adoquines a su propio pensamiento para recordar que una vez creyó en tantas cosas que dejó de creer en sí misma. Que un día gritó consignas que la convencieron de casi todo. Y que un montón de decisiones inconscientemente tomadas la llevaron a ser lo que hoy es. Lo que una vez fue. La imagen de Helena de Troya en Paris. La estatua de la libertad sin corona. La reina del cuestionamiento permanente.

Por fin, aparece Alba. Tiene cinco años. Y una mirada que recuerda que exagerar es el arma. Poco importa ahora si Dadá existía. Existe Alba. El amanecer de su existencia. La bandera que hoy lleva con más orgullo.

Teoria de la Comunicación I

Se cortó el pelo por llevarle la contraria a su madre. Fumaba por llevarle la contraria a su ex novio. Nunca le gustó el pelo corto. Y nunca le gustó fumar. Pero tampoco le gustaban su madre y su ex novio.
Se marchó de Erasmus el semestre anterior. Y volvió cambiada. Su mirada era cada vez más dulce. Y sus ojos cada vez más traviesos. Su boca era cada vez más dura y sus labios más tiernos.
De algún modo entendí que aquel día solamente podría mirarla y admirarla. De algún modo entendí que jamás podría hablar con ella. Tenía el cuello tan blanco que ningún vampiro se hubiera atrevido a estropearlo. Y en la cabeza tantos sueños que ningún ladrón se hubiera atrevido a robarlos.
Solo acerté a mirarla desde mi pupitre durante toda aquella maravillosa hora y media de Teoría de la Comunicación.
Ese día aprendí que nadie comunica más que quien tiene la mirada adecuada.
Se marchó con una amiga. Sonó su móvil. Esbozó una sonrisa. Seguro que es su chico.
Seguro que sigue creyendo en un montón de cosas.
Seguro que cree en ella misma.

Cree que es especial pero pasaran algunos años hasta que lo sepa.

Transition is dead

En una entrevista a Morrissey de 2003 le preguntaban si recordaba algo de The Smith y contestó que nada salvo una carta de Alain Delon sobre la portada de The Qeen is dead.
Suarez ha muerto. Y como The Smith tuvo un papel influyente en su momento. Determinante si se quiere. Y su muerte es un momento excelente para saltar al siguiente nivel.
Suarez es el mejor símbolo de la transición democrática y ahora descansará en paz. Y espero que esto finiquite la transición de una vez por todas porque somos un país en una eterna transición. Da la sensación de que todas las generaciones posteriores tengamos una deuda democrática, un pecado original, por no haber corrido delante de los grises. Y honestamente ya está bien.
Suarez es un símbolo. Es verdad. Pero no solamente como lo venden sus vendedores y vendidos. Murió sin memoria. La transición también nació sin memoria y morirá sin memoria. Suarez dimitió. Algo que no ha vuelto a suceder. Pase lo que pase aquí nadie se va. Suarez fue el ex presidente más callado. Algo que tampoco ha vuelto a suceder. Suarez se recluyó en la intimidad para vivir su enfermedad y muere justo en el momento en el que sus apologéticos niegan las ayudas a la dependencia a las personas que sufren su misma enfermedad.
La transición se ha convertido en un mito de la democracia, una paso de una procesión mística que sale a pasear para defender siempre el mismo orden establecido. Ya está bien de rendir pleitesia. Hemos pagado la última cuota de la hipoteca de una constitución vigilada.
The Smiths y la transición tuvieron su momento pero por favor, dejen seguir el curso de la historia. Retírense a un lado antes de morir. De la Constitución  apenas recuerdo algo.. quizá una carta de un amigo sobre la portada.

Divertirse hasta morir


Casi todos los finales del mundo hasta ahora habían sido anunciados por visionarios o civilizaciones antiguas. Esta vez ha sido un cientifico. Uno más. No sé si el más prestigioso pero seguro que el más mediático. No ha sido un loco sino una persona con un coeficiente de inteligencia de 160. Ha sido Stephen Hawking. Lo que ha venido a decir no es nada nuevo. Coincide con las teorías del cambio climático, con las del peak oil y con cualquier cálculo estimativo sencillo. La Tierra como planeta se agota. No tenemos planeta para seguir con este ritmo de vida. Necesitaríamos cinco planetas para alimentar el ritmo de vida de un neoyorkino.

Nos hemos convertido en una plaga. Una especie que desprecia su entorno, que vive por encima de sus necesidades, que destroza el lugar por el que pasa. Una especie demasiado protegida, superpoblada e inconsciente. Y así seguimos. Somos una sociedad enferma con un sistema económico con extrema unción.
El planeta se defiende de momento con fenómenos atmosféricos extrordinarios. Pero el sistema capitalista sobrevive a base de destrucción. Los ciclos capitalistas más álgidos han coincidido con épocas posteriores a guerras. Reconstruir la destrucción de la barbarie es un negocio rentable. Así se fortalece el sistema. Si hay un terremoto hay negocio para las constructoras. Si hay un tsunami habrá que reconstruir las carreteras. Nadie quiere que suceda pero cuando sucede surge el negocio.

Un prestigioso científico predice el final de nuestro planeta y no ocupa portadas. Los medios lo incluyen en sus "cosas de la cultura". Al final, entre el fútbol y el corazón. Metido como una publicidad subliminal de casi nada. Algunos hacen bromas sobre si preferirían la Luna o Marte para colonizar. Es verdad, la sociedad se divide entre lunáticos y marcianos. Los dos tipos de persona que no hacen nada para dejar de caminar hacia el precipicio. En el mismo informativo De Guindos mantiene su obsesión por el PIB. Estamos realmente locos si no nos damos cuenta que no hay más petroleo y que nos quedaremos sin agua. La mayor parte de las guerras de los últimos veinte años tienen que ver con la energía. Porque no hay bastante energía para una plaga como la humana. La energía barata se acaba. Cuanto de energética tiene la situación de Ucrania. Pero no pasa nada. Las próximas guerras serán por el agua. El agua escaseará cada vez en más lugares de la Tierra lo que obligará a movimientos migratorios intensos. La comodidad del europeo medio se verá afectada.
Seguro que usted cree que esto es una novela de ciencia ficción. Un fake como el de Salvados. La verdad es que no. Y las cifras que se manejan son finales de este siglo así que cuidado con sus hijos y sus nietos porque tendrán que afrontar una situación muy dificil. Pero al humano inerte le da igual lo que pase después de su muerte. Dejaremos una herencia de derechos deshechos y un planeta destrozado. Y todo por vivir según un ritmo de vida absurdo construido sobre el usar y tirar. Cada vez trabajaremos más para vivir una vida sin tiempo. Y lo haremos por convicción. Para sostener bienes materiales, elixires mágicos de felicidades artificiales. Se agota el planeta. El capitalismo ya no sirve. Y nos va tocar vivir los últimos coletazos de todos los dinosaurios.

Y así sucederá. Un reputado científico anuncia que el planeta muere y no pasa nada. Ningún estruendo. Siguiente noticia por favor. Business as usual. Cuando el final del mundo esté realmente cerca alguien se disputará el negocio que genera. Serán capaces como lo fueron de comerciar con los cabellos humanos de los judíos. No lo duden. Mientras tanto una sociedad adormecida en la comodidad del entretenimiento sucumbirá mientras se divierte hasta morir.

Y en el fondo, usted que me está escuchando, sonríe y dice... que exagerao. 

El jefe hamburguesa, el capataz y el flautista

En la ecología bancaria hasta ahora he conseguido distinguir básicamente cuatro tipos de de jefes.
El primer tipo lo podemos definir como el "jefe hamburguesa" porque actúa exactamente igual que un encargado de hamburguesería. De esta forma, el cliente le pide una hamburguesa de pollo él se gira y pide a cocina una hamburguesa de pollo. De cocina le contestan que no hay pollo y él se gira y contesta que no hay pollo. Entonces el cliente pide patatas y de cocina le contestan si fritas o bravas y él se gira y pregunta si fritas o bravas. Es un jefe de calco,  un jefe transparente porque no se le ve. Nadie sabe como llegó allí. Simmplemente ya estaba. Es un superviviente. Ni se mueve, ni se nota, ni traspasa. No molesta luego sobrevive. Sin talento puede haber paraiso. No se complica la vida. Soluciona los problemas conforme se producen. No planifica ni reivindica. Es una sombra en un día nublado. Pide lo que le piden. Es un paraguas cerrado en un día de lluvía.
El segundo tipo de jefe es el "capataz". Abnegado trabajador, adicto al trabajo. No entiende por qué los demás se empeñan en tener vida propia. Robotiza y esclaviza a sus empleados hasta el último detalle. Los vigila. Se sienten bajo sospecha de no trabajar tanto como él. Pide resultados con el látigo. Convoca reuniones de cástigo. Te pone bajo la lupa pública. Te lleva al paredón a ser ejecutado socialmente. No tiembla en destituirte. Es su obligación. Te lo mereces. Sus esclavos son los que más ritmo llevan. No tienen derecho al descanso. Apenas un poco de agua de vez en cuando. Nació en Esparta y un látigo es su manera de obtener rendimientos. El miedo es su lenguaje. Forma mitos a su alrededor. Se dice que un día trabajó todas las horas. Se dice que sale de la oficina a las doce de la noche. Se dice que la luz de su despacho siempre está encendida. Las cifras con sangre salen.
El tercer tipo de jefe es el "flautista". El jefe flautista es un seductor. Compone melodías que suenan bien. Tiene un aroma a "enrollado". Tiene gestos, palabras, domina bien la mano izquierda. Sabe donde está el freno y el acelerador. Incluso el cambio de marchas. Tienen un aire especial. Sabe donde colocarse. Sonrie. Despierta la confesión. Escucha. Domina los mapas sociales. Intenta tener iniciativas aunque siempre son hacia abajo. Hacia arriba prefiere ladear la contienda. Maneja la fontanería y controla la trastienda. El flautista es capaz de llevar los ratones al río o de llevar con la misma inteligencia a todos los niños del pueblo a morir al río. Lo hace con la misma naturalidad y según las órdenes. La melodía lo es todo. Arrastra con cierto carisma la corriente hacia abajo. Da la sensación de que las cosas fluyan.

Son tres especies del habitat bancario. Casi todos los directivos y directivas tienen un poquito de cada tipo aunque siempre predomina uno. La crisis ha decantado la balanza hacia los capataces y los hamburguesa, pero los flautistas todavía aparecen como flores de Mayo. Ninguno de los tres es un jefe escalera. Aquellos que defienden que la información debe subir y bajar. Ninguno de los tres cuestiona nunca ninguna orden de la organización. Son jefes en cascada de manera que de una manera u otra todo el líquido que rebosa cae sobre el siguiente escalón de copas. Son tres especies típicamente españolas. Crecidas en la picaresca o la abnegación, hipnotizadas por el dinero y una erótica de la decisión. Alquilan su vida a cambio de una bonita tarjeta de visita.

Pero existe un cuarto tipo de jefe bancario. Es el tipo de jefe Capitán. Te implica. Te contagia. Te sube a su barco. Te felicita cuando haces algo bién. Suaviza los cambios. Distingue los momentos. Reivindica herramientas más útiles. Recoge ideas. Agrupa talento. Habla. Aprende. Maneja más información que nadie. Despierta cierta admiración. Construye su rol. Se anticipa a algunos problemas. Planifica. Domina el lenguaje. Mantiene el respeto. Contiene el exceso. Sostiene la serenidad en momentos dramáticos. Te abraza con cifras, sacude tu entusiasmo. Te hace levantarte y ponerte en pie encima de una mesa cuando se va para gritar Oh Capitán, mi Capitán.

Aunque parezca imposible yo conocí un tipo de jefe así. Cuando se dieron cuenta lo destituyeron. Los otros tres tipos no podían permitirse ese lujo.

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